opinión experta

Deficiencia de vitamina D en madres lactantes y repercusiones en el bebé

agosto 15, 2014

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Dr. Robert P. Heaney, Catedrático de Medicina, Universidad Creighton, Omaha, Nebraska, EE. UU

«Todo el mundo parece estar de acuerdo en que la vitamina D es importante a lo largo de toda la vida. Sin duda esto es tan cierto para el primer año de vida como lo es más ade- lante, ya que es durante el primer año cuando, además de actuar en el metabolismo del calcio, este nutriente fundamental reduce el riesgo de infecciones actuales y el desarrollo en la madurez de enfermedades autoinmunes, como la esclerosis múltiple y la diabetes de tipo 1. El Institute of Medicine (IOM) y la American Academy of Pediatrics (AAP) coinciden en recomendar una ingesta de vitamina D de 400 UI /d durante el primer año de vida. Por lo tanto, aunque todavía hay controversia sobre la ingesta óptima en adultos, nadie discute la cantidad nece- saria en bebés.

La cuestión es cómo obtiene el bebé esta vitamina D. La leche de la mayoría de las madres lactantes con- tiene muy poca. Los preparados para lactantes de diversos fabricantes contienen vitamina D añadida en cantidades consideradas suficientes para satisfacer las necesidades infantiles. Pero amplios estudios reali- zados durante el primer año de vida revelan que menos de un quinto de todos los bebés llega a obtener la cantidad recomendada de 400 UI/d sea cual sea la fuente y, de diez bebés amamantados, menos de uno satisface este requisito. Como resultado, la AAP recomienda encarecidamente que todos los bebés, tanto si se alimentan con leche materna como artificial, reciban sus 400 UI/d en gotas pediátricas. Por desgracia, esta recomendación, aunque adecuada, no se sigue a menudo: la mayoría de los bebés simplemente no obtienen la vitamina D que necesitan. Las consecuencias de este déficit pueden ser enormes más adelante.

Puede parecer extraño que por un lado subrayemos que la leche humana es la mejor fuente de alimento para un bebé y por el otro pasemos aparentemente por alto que la leche humana no contiene la vitamina D que el bebé necesita. La explicación, simple y llanamente, es que esta divergencia está causada artificial- mente. Las madres lactantes tienen tan poca vitamina D en su propio cuerpo que no les queda casi nada o nada que aportar a su leche. Pero no siempre ha sido así. Sabemos que la concentración de vitamina en sangre de esta vitamina que suele encontrarse hoy en día en las africanas que llevan una forma de vida ancestral es suficiente para garantizar la vitamina D que necesita el bebé en la leche materna. Pero la gran mayoría de la población mundial no vive en las altas planicies ecuatoriales de África Oriental ni lleva el cuerpo prácticamente al descubierto la mayor parte del día.

Por fortuna, no hace falta vivir en África Oriental. Resulta que, si suministramos a las madres lactantes suficiente vitamina D para elevar su cantidad en sangre hasta el probable nivel ancestral, automáticamente aportarán a su propia leche toda la vitamina D que necesita el bebé, con lo este recibirá un alimento comp- leto sin recurrir a las gotas. ¿Cuánta vitamina D necesita la madre para asegurar la cantidad adecuada en la leche? Como en todo lo relativo a esta vitamina, hay una gran variación de una persona a otra, pero parece que la ingesta diaria debe oscilar entre 5000-6000 UI. No ha de sorprendernos que esta sea justo la cantidad necesaria para reproducir el nivel sanguíneo de vitamina D de las personas que actualmente llevan un estilo de vida ancestral. Y aunque en un principio 5000-6000 UI pueda parecer una cifra elevada, es importante recordar el nivel que producimos con el sol. Exponiendo todo el cuerpo al sol 15 minutos al mediodía en ve- rano se generan más de 10 000 UI.

Las madres lactantes deben cumplir una condición importante para alcanzar la ingesta necesaria. Si viven en Norteamérica y tienen que recurrir a suplementos, es imprescindible que los tomen a diario. Aunque para otros fines la vitamina D puede ingerirse de forma intermitente (por ejemplo, una vez a la semana), no es el caso cuando se trata de aportarla a la leche humana. El tiempo de permanencia de la vitamina D en la san- gre es tan breve que si la madre deja de tomar el suplemento uno o dos días, la vitamina D disminuye en la leche (o desaparece por completo) durante los días de la interrupción. Como ya he dicho, las mujeres que llevan una forma de vida ancestral (tanto si están amamantando como si no) tienen un nivel sanguíneo de vitamina D muy superior a sus contemporáneas urbanas estadounidenses. La producción de leche y su com- posición óptima son tan solo dos de las muchas funciones que favorece la vitamina D en mujeres adultas sanas. El ejemplo del amamantamiento no es un caso especial, sino solo uno de los muchos datos que con- firman que las recomendaciones actuales de vitamina D en adultos son muy bajas... incluso demasiado.

Los suplementos de vitamina D ―y en este caso las gotas pediátricas― son auténticos salvavidas para los bebés de nuestros días. Pero, ¿qué ocurría hace dos o tres generaciones, mucho después de la emigración de África, cuando no existían los suplementos nutricionales? Hace noventa años la vitamina D ni siquiera se había descubierto y desde luego no la había en suplementos. ¿Cómo sobrevivimos durante aquellos miles de años? Las respuestas son dos La mayoría de las personas que vivían en latitudes templadas estaban más expuestas al sol que ahora y por supuesto carecían de protectores solares, por lo que no se bloqueaba la radiación solar que produce la vitamina D en la piel. Las que vivían mucho más al Norte sobrevivían en ge- neral a base de dietas muy ricas en productos del mar, que de por sí son una fuente abundante de vitami-
na D. Y las que no recibían esta vitamina por ninguna de estas vías corrían un riesgo mayor de padecer trastornos relacionados con su carencia, siendo el raquitismo el más obvio y fácil de reconocer.

En resumen, ahora conocemos mejor la importancia de la vitamina D en las primeras etapas de la vida. Además, como ya he dicho antes, hay un consenso bastante generalizado sobre la cantidad que necesita un bebé. La controversia gira en torno al modo de asegurar que todos los bebés obtengan la cantidad nece- saria. ¿Por qué no nos limitamos a administrarles gotas de vitamina D, como recomienda la AAP? Por dos motivos: 1) Ya se ha intentado sin éxito y 2) Aun cuando funciona con algún bebé, no beneficia a la madre. Por el contrario, casi con toda seguridad la mejor manera de satisfacer las necesidades de ambos consiste en asegurar el suministro adecuado de vitamina D a la madre durante el embarazo y la lactancia. Como ha quedado dicho, la ingesta “adecuada” para una madre lactante no son las 400 UI/d que recomienda el IOM, sino más bien 5000-6000 UI diarias. Con esta cantidad la madre no solo satisfará sus propias necesidades, sino también las del bebé. Y tendrá la satisfacción de saber que le proporciona todo lo que este necesita por medios naturales».

Basado en: Heaney R. P. Vitamin D and the nursing mother. Creighton University, USA, 2014.