opinión experta

El costo económico de la desnutrición

diciembre 1, 2013

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John Hoddinott, Director adjunto de la División de Pobreza, Salud y Nutrición, Instituto Internacional de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias, Washington DC, EE. UU.

“Los primeros mil días de vida, desde la concepción en el vientre materno hasta los dos años después del nacimiento, son cruciales para el desarrollo físico y neurológico del niño. Durante este periodo, el estado nutricional de los niños se ve afectado por la cantidad y la calidad de los alimentos que consumen. La lactancia materna exclusiva durante los prim- eros seis meses conlleva beneficios importantes. Después de este tiempo, es de vital importancia que los alimentos complementarios que se incorporen a la dietacontengan las cantidades adecuadas de macronutrientes –calorías y proteínas– y de micronutrientes. Cuando estos nutrientes faltan, los niños no crecen a un ritmo saludable. Los estudios que han realizado un seguimiento de niños desde la infancia hasta la edad adulta revelan que esta pérdida de crecimiento nunca se llega a recuperar del todo, por lo que estos individuos terminan teniendo una altura inferior a la que les correspondería realmente de haber tenido una alimentación adecuada y de no haber padecido repetida- mente alguna infección. La deficiencia de vitamina A tiene unas consecuencias fatales, y la deficiencia de zinc afecta el desarrollo psicológico de los niños y produce una mayor susceptibilidad a sufrir una serie de infecciones que incluyen la diarrea y la neumonía. El déficit de yodo afecta negativamente el desarrollo del sistema nervioso central causando pérdida de coeficiente intelectual y retraso mental. La deficiencia de hierro limita el desarrollo cognitivo de los niños.

Los efectos persistentes y perniciosos de la desnutrición en los primeros años de vida acarrean consecuen- cias económicas importantes en la edad adulta. Varios estudios demuestran que las personas más bajas tienen menores ingresos cuando son adultos, si bien la razón de que esto sea así –el efecto directo de una talla baja (retraso en el crecimiento) en la productividad física; los beneficios sociales asociados a la altura– varía de un lugar a otro. Existe evidencia de que la desnutrición en la primera infancia, que se manifiesta como bajo peso al nacer, aumenta la susceptibilidad a las enfermedades coronarias, a la diabetes no in- sulinodependiente y a la hipertensión. Sin embargo, las principales consecuencias económicas son las que se derivan del daño neurológico. Los estudios que han hecho un seguimiento de niños desnutridos en edad preescolar han descubierto que estos están escolarizados menos años y desarrollan habilidades cognitivas más pobres, como las relacionadas con la resolución de problemas. Por el contrario, existen evidencias sólidas de que las intervenciones destinadas a combatir la desnutrición a edades tempranas conllevan beneficios para toda la vida. En cualquier lugar del mundo, la enseñanza y las habilidades cognitivas son indispensables para triunfar en el mercado laboral. Una regla útil es que cada año adicional de escolarización aumenta el salario entre un ocho y un doce por ciento. Por lo tanto, las personas que no poseen estas habilidades y asisten menos años a la escuela ganan sueldos más bajos y, por consiguiente, tienen mayores probabilidades de ser pobres.

Los costos humanos y económicos de la desnutrición supuestamente constituirían un argumento de peso a favor de realizar inversiones –medidas deliberadas por parte de gobiernos, organizaciones no gubernamen- tales y el sector privado– para combatir este problema. Diversos estudios han examinado los costos de las intervenciones directas para reducir las deficiencias de macro y micronutrientes en relación con los bene- ficios económicos que dimanan de las mismas. Como ocurre con cualquier otro tipo de beneficio, hay un factor de incertidumbre en torno a estos cálculos: el análisis de los costos, ya que se basa en la estimación de los costos de estas intervenciones en la actualidad y en el cálculo del flujo de beneficios económicos que devengarán en décadas posteriores. Teniendo esto en mente, una buena inversión económica es aquella en la que el valor resultante de la relación costo-beneficio es mayor que uno; es decir, que por cada dólar que se invierte hoy en día para combatir la desnutrición, el flujo de beneficios económicos futuro valorado en términos actuales, es superior a un dólar. Si se mide de esta manera, existen pruebas contundentes de que las inversiones para paliar las deficiencias de micronutrientes y la desnutrición crónica tienen una buena relación costo-beneficio: cada dólar invertido en yodar la sal genera unos beneficios económicos de 30 dólares, cada dólar invertido en suplementos de hierro para las madres y los niños de 6 a 24 meses genera unos beneficios económicos de 24 dólares y cada dólar invertido en vitamina A genera unos beneficios económicos estimados en 40 dólares o superiores.

Desde el punto de vista de la economía, esta relación costo-beneficio resulta extraordinariamente buena. Y no solo eso, los costos de estas inversiones son insignificantes. Además de los gastos que actualmente se destinan a combatir la desnutrición, una inversión adicional de unos 650 millones de dólares al año –menos de dos dólares por cada ciudadano de América del Norte y Europa Occidental – sería suficiente para erradicar la deficiencia de vitamina A que afecta actualmente a 95 millones de niños en edad preescolar, las defici- encias de yodo que afectan a casi dos millones de personas y la anemia que afecta a 80 millones de mujeres embarazadas. El conjunto de intervenciones necesarias para hacer frente a la desnutrición crónica requiere una inversión más fuerte; las estimaciones actuales sugieren que alrededor de 9,5 mil millones de dólares al año alcanzarían al 90% de los niños en los 34 países que representan el 90% de la carga de desnutrición en el mundo desarrollado (1, 2).

Hay un valor intrínseco en el hecho de erradicar la desnutrición: es sencillamente lo que hay que hacer. Pero más allá de esto, también es económicamente rentable. Las inversiones para combatir la desnutrición cróni- ca y las deficiencias de micronutrientes entrañan beneficios económicos considerables”.

Basado en: Hoddinott J. The Economic Cost of Malnutrition. In: The Road to Good Nutrition. Karger Medical and Scientific Publishers. 2013.

referencias

  1. Horton S. et al. Scaling up nutrition: What will it cost? Washington, DC: World Bank, 2010.
  2. Hoddinott J. et al. Investments to reduce hunger and undernutrition. In: Lomborg B. (ed) Copenhagen Consensus 2012. Cambridge: Cambridge University Press, 2013.