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El papel de los micronutrientes en la salud de las embarazadas y durante la infancia

julio 1, 2010

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Existe un gran cantidad de evidencia que demuestra que una buena alimentación y determinados micronutrientes pueden tener un papel esencial en el mantenimiento y la mejora de las capacidades físicas e intelectuales en todas las etapas de la vida, así como en el retraso de la aparición de enfermedades persistentes (‘crónicas’). Sin embargo, hay numerosos cambios sociales, demográficos, económicos y de estilo de vida que determinan nuestro estado nutricional y, por una serie de razones, mucha gente no está obteniendo las cantidades recomendadas de ciertos micronutrientes esenciales.

Las vitaminas y los minerales realizan funciones vitales que mantienen el funcionamiento del organismo, y la falta de alguno de estos micronutrientes provoca una deficiencia particular que sólo puede corregirse con la suplementación del nutriente en concreto. Las deficiencias manifiestas que producen síntomas clínicos son poco frecuentes, pero hay otras deficiencias secundarias que pueden provocar síntomas no clínicos indeterminados como cansancio (‘fatiga’), debilidad y propensión a infecciones.

Es probable que, cuando ocurre una deficiencia, ésta se deba a la falta de varios micronutrientes más que de uno solo. Las deficiencias no se dan de un día para otro, pero si se priva al organismo repetidamente de un nutriente específico o de una combinación de nutrientes, pronto será propenso a enfermar y disminuirá la capacidad física y cognitiva. Entre las poblaciones con riesgo de deficiencias de micronutrientes se incluyen mujeres en edad reproductiva, niños hasta los 18 años, ancianos, personas que intentan perder peso y siguen dietas estrictas, grupos social y económicamente desfavorecidos, alcohólicos y fumadores.

Los factores alimentarios durante el desarrollo temprano no sólo influyen directamente en el crecimiento, la composición y la función corporal, sino que además afectan a la salud durante la etapa adulta, incluyendo al desarrollo de enfermedades crónicas. Por lo tanto, el papel de la alimentación maternal es de extrema importancia no sólo durante el desarrollo temprano del feto y el recién nacido (sobre todo en relación con las funciones y el comportamiento del sistema nervioso), sino también con vistas a sentar las bases de una vida sana en general.

 

Necesidades especiales de micronutrientes de las mujeres embarazadas y lactantes, y de los bebés: Un resumen general

El embarazo y la lactancia son dos periodos en los que una buena alimentación es extremadamente importante. Dado que el bebé no está protegido frente a una alimentación deficiente por parte de la madre, depende de la dieta de su madre para desarrollarse óptimamente. Invertir en la nutrición de mujeres embarazadas y lactantes mejora de muchas maneras los resultados en los bebés (1).

La ingesta recomendada de muchos nutrientes esenciales aumenta durante el embarazo y la lactancia:

  • La vitamina A es importante para el desarrollo de los pulmones y la maduración del feto (especialmente a partir de la semana 28 en adelante) y el recién nacido. Generalmente se aconseja a las mujeres embarazadas que eviten el hígado y productos derivados remitiéndose a hallazgos científicos sin fundamento. Por lo tanto, el betacaroteno sigue siendo una fuente esencial de vitamina A (2).
  • Los requerimientos de vitamina B9 (folato) aumentan para mantener los niveles de folato en el plasma sanguíneo y en los glóbulos rojos. Hay evidencia convincente de que la suplementación con ácido fólico desde antes de la concepción hasta los primeros meses de embarazo puede reducir los defectos del tubo neural en bebés (3-5). De ahí que muchas organizaciones sanitarias recomienden una suplementación regular de 400 microgramos de ácido fólico al día (6).
  • Durante el embarazo y la lactancia se necesita más cantidad de vitamina C (ya que el feto acapara el nutriente a costa de las reservas y los niveles circulantes de vitamina de la madre) (7, 8).
  • Las necesidades de vitamina D deben ser adaptadas con vistas a reducir el riesgo de bajos niveles de calcio (‘hipocalcaemia’) y enfermedades óseas en la madre, y a mejorar el estado de vitamina D del feto y el lactante durante el periodo de crecimiento (9).
  • Especialmente el periodo de gestación y la lactancia (las primeras 12 a 18 semanas tras el parto) son los momentos más críticos para que una mujer consuma suficientes cantidades de ácidos grasos esenciales. Los ácidos grasos omega-3, por ejemplo, son necesarios para el completo desarrollo del cerebro humano durante el embarazo y los dos primeros años de vida; si la madre y el bebé no reciben cantidades suficientes, es posible que los sistemas nervioso e inmunitario del niño no lleguen a desarrollarse totalmente, pudiendo causar a lo largo de la vida trastornos inexplicados de tipo emocional, de aprendizaje y del sistema inmunitario (10). Por tanto, se recomienda seguir una alimentación o suplementación adecuada durante la lactancia (11).
  • Un aporte suficiente de hierro y yodo es esencial durante el embarazo. El hierro es necesario para la formación de los glóbulos rojos (12), mientras que el yodo se requiere para producir la hormona tiroidea que afecta al crecimiento y el desarrollo (13). Para compensar estos mayores requerimientos, se recomienda seguir una alimentación o suplementación adecuada durante el embarazo.


Resumen bibliográfico

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4.Smithells RW, Nevin NC, Seller MJ, Sheppard S, Harris R, Read AP, et al. Further experience of vitamin supplementation for prevention of neural tube defect recurrences. Lancet 1983; 1(8332):1027-31.

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9.Hollis B. W., Wagner C. L. Assessment of dietary vitamin D requirements during pregnancy and lactation. Am. J. Clinical Nutrition, 2004; 79(5): 717-726.

10.Bazan N. G. Supply of n-3 polyunsaturated fatty acids and their significance in the central nervous system. Nutrition and the brain. 1990; 8:12.

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12.Hallberg, L. Iron balance in pregnancy and lactation. 1992. In: Fomon SJ., Zlotkin S, eds. Nutritional anemias. New York: Raven Press, Ltd. p.13-25.

13.Zimmermann M. B. Iodine deficiency in pregnancy and the effects of maternal iodine supplementation on the offspring: a review. Am. J. Clinical Nutrition, 2009; 89: 668-672.

 

La vitamina A

Durante el embarazo se necesitan más cantidades de vitamina A para favorecer los procesos reproductivos, incluyendo el crecimiento y desarrollo del feto, y durante la lactancia es necesaria para suplir las pérdidas a través de la lecha materna. Esta mayor necesidad durante el embarazo no es muy grande y puede satisfacerse por medio de una alimentación equilibrada (1).

Con la lactancia, los requerimientos aumentan para reemplazar la pérdida materna de vitamina A a través de la leche y para mantener esta vitamina a un nivel que cubra las necesidades de rápido crecimiento de los bebés durante los primeros seis meses de vida (2). Dada la dificultad de satisfacer estos requerimientos de vitamina A en los tipos de dietas vegetarianas (3), se pueden cubrir fácilmente mediante un suplemento de vitamina A.

Mientras que la deficiencia de vitamina A en animales causa abortos, muerte fetal y defectos congénitos (4), los informes de casos de resultados reproductivos adversos en humanos son poco frecuentes y están escasamente documentados. Las observaciones epidemiológicas existentes en poblaciones humanas en las que la deficiencia de vitamina A es común en niños rara vez indican resultados reproductivos adversos. Mientras que algunos informes registran ceguera nocturna en mujeres durante el embarazo o la lactancia (5), otros han documentado defectos oculares reversibles en los recién nacidos de mujeres con deficiencia de vitamina A (6).

La administración de dosis elevadas de vitamina A en los primeros meses de embarazo puede causar defectos de nacimiento. En humanos, se han registrado malformaciones similares a las observadas en animales (7) cuando las mujeres consumieron diariamente altas dosis de vitamina A (retinol) y otros compuestos relacionados (especialmente el ácido retinoico) durante varios días o semanas en los primeros tres meses de embarazo (8). No obstante, no existe evidencia de una intoxicación aguda por la ingesta de betacaroteno u otros carotenoides como fuente esencial de vitamina A a partir de alimentos o suplementos, sobre todo en niveles comparables a los recomendados para la suplementación de vitamina A (9).

En 1998, la Organización Mundial de la Salud revisó información basada en la población global sobre el aporte de vitamina A durante el embarazo y la lactancia (10) y volvió a confirmar las recomendaciones anteriores del Grupo Consultivo Internacional sobre la Vitamina A (IVACG):

  • Es seguro administrar a las mujeres en edad fértil, independientemente de su estado de vitamina A, una cantidad diaria de 10.000 UI (3.000 microgramos, mcg, equivalentes de retinol (ER) en cualquier momento durante la gestación.
  • No se han demostrado beneficios de la ingesta de suplementos durante el embarazo en los casos en los que la ingesta normal de vitamina A excede tres veces el aporte dietético recomendado, ADR (unos 8.000 UI o 2.400 mcg ER) a partir de fuentes ricas en in ‘provitamina A’ (p. ej., betacaroteno).
  • Un suplemento semanal de hasta 25.000 I (8.500 mcg ER) constituye una alternativa segura para la suplementación diaria durante el embarazo.
  • Un único suplemento en dosis alta de hasta 200.000 UI a mujeres lactantes es seguro hasta 8 semanas después del parto.
  • Para las mujeres no lactantes, un único suplemento en dosis alta de hasta 200.000 UI es seguro hasta 6 semanas después del parto.

Durante el embarazo y la lactancia pueden consumirse sin problemas alimentos enriquecidos y, ocasionalmente, también alimentos naturales ricos en vitamina A, como el hígado animal. (10, 11). No se conoce ningún riesgo que interrumpa el crecimiento y desarrollo del embrión o feto relacionado con un consumo prolongado de alimentos naturales o suplementos ricos en carotenoides activos de la vitamina A (7, 9).



Bibliografía sobre la vitamina A

1.National Research Council/National Academy of Sciences. Recommended dietary allowances, 10th ed. (report of the Subcommittee on the Tenth Edition of the RDAs, Food and Nutrition Board, Commission on Life Sciences). Washington, DC: National Academy Press, 1989; 85.

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6. Khatry S. K. et al. Effect of maternal vitamin A or beta-carotene supplementation on incidence of birth defects among Nepalese infants. In: Report of the XVIII IVACG Meeting, Cairo, 1997. Washington, DC: IVACG, 1998; 87.

7.Hathcock J. N. et al. Evaluation of vitamin A toxicity. Am J Clin Nutr, 1990; 52:183-202.

8.Teratology Society. Teratology Society position paper: recommendations for vitamin A use during pregnancy. Teratology 1987; 35:269-275.

9.Bendich A. The safety of beta-carotene. Nutr Cancer, 1988; 11:207-214.

10.World Health Organization. Safe vitamin A dosage during pregnancy and lactation: recommendations and report of a consultation. Document NUT/98.4. Geneva: WHO, 1998.

11.Buss N. E. et al. The teratogenic metabolites of vitamin Ain women following supplements and liver. Hum Exp Toxicol, 1994; 13:33-43.



La vitamina B9

La vitamina B9 (folato en los alimentos y ácido fólico en los suplementos) contribuye al desarrollo y regeneración celular y es especialmente importante durante las primeras semanas de desarrollo del feto, ayudando a asegurar la correcta formación del cerebro y la médula espinal. La deficiencia de folato se asocial a una mayor probabilidad de aborto natural y defectos del tubo neural (DTN). Hay evidencia concluyente de que la administración de ácido fólico a las mujeres antes de la concepción y en los primeros meses de embarazo previene los DTN (1), lo cual se traduce en recomendaciones de ácido fólico universalmente aceptadas para mujeres en edad reproductiva.

Aparte de esto, el ácido fólico puede tener otras funciones importantes, como un efecto protector frente al endurecimiento de las arterias (‘ aterosclerosis ’) y, especialmente, frente a los accidentes cerebrovasculares (2). Estos efectos beneficiosos pueden o no intervenir en la capacidad del ácido fólico de reducir la homocisteína en la sangre, a la que se considera normalmente un factor de riesgo independiente de enfermedad cardiovascular (3, 4). Los requerimientos de folato parecen ser mayores en personas genéticamente predispuestas a tener concentraciones elevadas de homocisteína (5). En estos casos se recomienda especialmente la suplementación con ácido fólico.

En los últimos años, el papel del folato en el cáncer ha sido objeto de una gran atención por parte de la salud pública y la ciencia y puede que sea más complicado de lo que se pensaba en un principio. La investigación sugiere que unos niveles bajos de folato pueden desencadenar daños en el ADN y una síntesis anormal del mismo (6, 7). Aunque, en general, muestra tener efectos protectores frente al cáncer, la evidencia preliminar sugiere que el ácido fólico en dosis muy altas podría estimular el posterior desarrollo de tejido cancerígeno ya existente en poblaciones expuestas a un fuerte consumo de ácido fólico (por medio de la fortificación y la suplementación) (8, 9). Por lo tanto, el momento exacto, y especialmente la dosis de ácido fólico, parece ser tremendamente relevante en el desarrollo del cáncer (10).

La ingesta alimentaria actual no basta para aportar niveles suficientes de folato que protejan de forma apropiada frente a enfermedades asociadas al folato de forma concluyente (defectos del tubo neural), convincente (cardiopatías y accidentes cerebrovasculares) y prometedora (cáncer). Puesto que los folatos naturales de los alimentos presentan una biodisponibilidad incompleta y escasa estabilidad, el ácido fólico en alimentos enriquecidos o complementos alimenticios representa una alternativa (11).

Las autoridades sanitarias europeas y estadounidenses recomiendan a las mujeres que añadan un suplemento de ácido a una alimentación sana antes, después y durante el embarazo. La ingesta total recomendada de ácido fólico es de entre 400 y 600 microgramos al día. Si siguen estas directrices, las mujeres tendrán menos probabilidades de dar a luz a bebés con ciertos defectos de nacimiento, especialmente del tubo neural.



Bibliografía sobre la vitamina B9

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2.Wang X. et al. Efficacy of folic acid supplementation in stroke prevention: a meta-analysis. Lancet, 2007; 369:1876-82.

3.The Homocysteine Studies Collaboration. Homocysteine and risk of ischemic heart disease and stroke: a meta-analysis. JAMA, 2002; 288:2015-2022.

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7.Mason J et al. Folate: effects on carcinogenesis and the potential for cancer chemoprevention. Oncology, 1996; 10:1727-1743.

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10.Smith A. D. et al. Is folic acid good for everyone? AJCN, 2008; 87:517-33.

11.Winkels R. M. et al. Bioavailability of food folates is 80% of that of folic acid. The Am. J. Clinical Nutrition, 2007; 85(2): 465-473.



Los antioxidantes durante el embarazo

Se cree que los micronutrientes antioxidantes, como la vitamina A, la vitamina C, la vitamina E, el betacaroteno y el selenio protegen a los componentes de las células neutralizando los efectos perjudiciales de los radicales libres, que son subproductos del metabolismo celular normal. El daño celular causado por los radicales puede contribuir a la aparición de varios problemas de salud. Es sabido que durante el embarazo se desarrollan concentraciones altas de radicales libres (‘ estrés oxidativo ’). No obstante, la falta de equilibrio entre los radicales libres y la capacidad del cuerpo de neutralizarlos durante la gestación puede dar lugar a bebés de bajo peso, preeclampsia y parto prematuro (1).

Dado que el estrés oxidativo es frecuente en la preeclampsia, la suplementación profiláctica de antioxidantes con vitamina C y vitamina E puede prevenir esta enfermedad. Sin embargo, una revisión de ensayos aleatorizados controlados sobre el efecto de los antioxidantes en la prevención de la preeclampsia no ha revelado efectos significativos. Algunos investigadores sugieren que el daño temprano causado por el estrés oxidativo puede ser irreversible, por lo que deberían administrarse vitaminas mucho antes o incluso previamente al embarazo. Se precisa más investigación para desarrollar estrategias de prevención eficaces.

Por otra parte, cada vez existe más evidencia que sugiere que los desenlaces adversos del embarazo, como el bajo peso de los bebés y el parto prematuro, están asociados a un mayor riesgo de enfermedades en la etapa adulta como la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico y las cardiopatías (3-5).

Los estudios han demostrado que los productos de la degradación de la nicotina transportados a la placenta, como resultado de una exposición de las embarazadas al tabaco, reducen los niveles de antioxidantes y aumentan el estrés oxidativo del feto, lo cual podría afectar más adelante a su salud (6). Fumar durante el embarazo duplica prácticamente el riesgo de que la mujer dé a luz un bebé de bajo peso, lo que puede deberse a un crecimiento deficiente antes del nacimiento, a un parto prematuro o a una combinación de ambos (7).



Bibliografía sobre los antioxidantes

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7. Centers for Disease Control and Prevention (CDC). What Do We Know About Tobacco Use and Pregnancy? 2007.



La vitamina D

La vitamina D es conocida por su efecto beneficioso sobre la salud ósea; no obstante, en los últimos años se ha llegado a entender mejor su función en la regulación del crecimiento celular, la inmunidad y el metabolismo celular. Dado que los receptores de vitamina D se encuentran en la mayoría de los tejidos y células del cuerpo, el impacto de la deficiencia de esta vitamina sobre el feto en desarrollo y la salud de la madre es de gran interés (1). Los estudios han señalado que la deficiencia de vitamina D en mujeres embarazadas está generalizada en muchos países, especialmente entre las adolescentes y las mujeres de piel oscura (2).

La vitamina D se obtiene a través de la alimentación y es producida por el cuerpo mediante la exposición de la piel a la luz solar (ultravioleta B). La producción de la piel está determinada por la duración de la exposición, la latitud, la estación y el grado de pigmentación. Puesto que las personas de piel oscura (p. ej., los de raza negra) producen menos vitamina D que las de piel blanca ante unos niveles normales de exposición al sol y muestran menos concentraciones de vitamina D en invierno y verano, tienen también un mayor riesgo de padecer una deficiencia de esta vitamina (3).

Aunque es poco frecuente, una deficiencia maternal severa de vitamina D puede producir raquitismo en el feto. Cada vez hay más evidencia de que incluso una deficiencia de vitamina D menos severa in utero puede afectar a la función inmunitaria y el desarrollo óseo desde el nacimiento hasta la edad adulta (4). Asimismo, un bajo peso al nacer se ha asociado a unos niveles bajos de vitamina D materna (5).

Otra consecuencia de la deficiencia de vitamina D durante el embarazo es un mayor riesgo de preeclampsia, que puede reducirse considerablemente aumentando los niveles de vitamina D (6). Diversos estudios han relacionado la deficiencia de vitamina D con el desarrollo de resistencia a la insulina (7) y diabetes gestacional (8). También se ha hallado una correlación entre la obesidad y los niveles de vitamina D, habiéndose documentado casi el doble de probabilidades de deficiencia de vitamina D a mitad del embarazo en mujeres obesas frente a las de peso normal (9).

Los aportes actuales recomendados de vitamina D durante el embarazo (200 UI /día en los EE. UU. y 400 UI/día en Europa) se consideran muy por debajo de la cantidad óptima (10). En la actualidad, no se ha modificado la dosis diaria recomendada para los suplementos de vitamina D en mujeres gestantes.



Bibliografía sobre la vitamina D

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Los ácidos grasos esenciales

Durante el embarazo resulta de vital importancia aumentar el consumo de ácidos grasos esenciales para propiciar el desarrollo del feto, su evolución tras el parto y el bienestar físico y mental de la madre. Se ha descubierto que los ácidos grasos omega-3, como el ácido alfa-linolenico (ALA), y, en concreto, las variedades de cadena larga, el ácido docosahexanoico (DHA) y el ácido eicosapentaenoico (EPA), ayudan a la construcción del cerebro, la formación de la retina y el desarrollo del sistema nervioso del feto. Por otra parte, una ingesta adecuada de DHA puede ayudar a la madre a reducir el riesgo de preeclampsia, depresión post-parto y contracciones prematuras (1, 2).

Las mujeres lactantes requieren mayores cantidades de ácidos grasos esenciales en la alimentación para compensar las pérdidas en la leche materna. La leche materna contiene varios ácidos grasos de cadena larga, incluyendo el DHA y los ácidos grasos omega-6 gamma-linolénico (GLA) y araquidónico (AA). La investigación sugiere que los bebés alimentados con leche materna, rica en DHA, presentan más adelante mejores funciones cognitivas (organizar, planificar, solucionar problemas, comprender y usar el lenguaje, percibir el entorno) que aquellos alimentados con fórmulas estándar (3, 4).

El crecimiento y desarrollo normales del bebé dependen de un aporte suficiente de ácidos grasos esenciales, sobre todo DHA y AA. Se han observado niveles bajos de DHA en niños con problemas de aprendizaje y conductuales, deterioro cognitivo, hiperactividad y trastorno por déficit de atención (ADD). No obstante, los resultados son muy variados, por lo que se necesita más investigación antes de poder especificar claramente las recomendaciones (5).

Asimismo, se han observado bajos niveles de GLA en bebés con artritis reumatoide, fibrosis quística y eczema (6). El aumento de la incidencia de eczema en bebés y niños durante los últimos años puede deberse al mayor número de bebés que son alimentados con fórmulas. En Europa, se ha añadido GLA a algunas fórmulas infantiles en forma de aceite de borraja.

Las diferentes recomendaciones de ingesta reflejan los distintos objetivos nutricionales: Mientras que las recomendaciones de, por ejemplo, PUFA omega-3 de las autoridades sanitarias europeas se basan en las cantidades necesarias para corregir una deficiencia reconocida clínicamente, las recomendaciones de PUFA omega-3 formuladas por la OMS se basan en consideraciones relacionadas con la salud cardiovascular y el neurodesarrollo.



Bibliografía sobre los ácidos grasos esenciales

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El hierro

Para las mujeres embarazadas, la ingesta de una cantidad adecuada de hierro es esencial, ya que el hierro es necesario para la formación de la hemoglobina materna y fetal, un componente que transporta oxígeno en la sangre. Dado que el volumen sanguíneo de la mujer se incrementa entre un 25 y un 40% durante el embarazo, y que el bebé también está produciendo células sanguíneas, la necesidad de hierro aumenta, poniendo a la madre en riesgo de padecer anemia. Durante los últimos tres meses de embarazo, el bebé obtiene de la madre algunas de las reservas de hierro que necesitará en los primeros cuatro a seis meses de vida. Además, el aumento del volumen sanguíneo y las reservas de hierro ayudan a que el cuerpo de la madre se adapte, en cierta medida, a la pérdida de sangre que se produce durante el alumbramiento (1, 2).

La deficiencia de hierro es la forma más frecuente de deficiencia nutricional y suele darse frecuentemente en mujeres embarazadas. Si no se trata adecuadamente, la deficiencia de hierro puede derivar en anemia, pudiendo continuar durante e incluso después de la lactancia, debido a que las reservas de hierro necesitan mucho tiempo para reponerse. La anemia maternal por deficiencia de hierro se asocia a una mayor incidencia de anemia en el bebé durante el primer año de vida, así como a anemia y reservas más bajas de hierro en la madre. Las mujeres embarazadas con anemia por deficiencia de hierro, especialmente en el primer y segundo tercio del embarazo, poseen un mayor riesgo de parto prematuro y de alumbrar a bebés de bajo peso (3, 4).

Mientras que la deficiencia severa de hierro se ha relacionado con daño cerebral irreversible y retraso mental en el bebé, la deficiencia suave y moderada, que todavía está presente en muchos países europeos, puede afectar la función cognitiva y motora de los niños.

A fin de prevenir la deficiencia durante la gestación y la lactancia, se recomienda modificar la alimentación, pudiendo ser necesaria una suplementación (11). Un mayor consumo de vísceras animales (p. ej., hígado), carnes rojas, yemas de huevo y pescado puede aportar hierro en una forma que se absorbe fácilmente. Las verduras de hoja verde, las legumbres y el trigo también son fuentes vegetarianas ricas en hierro. Dado que la absorción y la utilización del hierro ( biodisponibilidad) presente en los alimentos suele ser, en general, bastante pobre, debería modificarse cambiando el equilibrio entre los potenciadores y los inhibidores de la absorción del hierro. Así como el consumo de alimentos ricos en vitamina C (p. ej., naranja, guayaba, col) mejora la absorción, el té y el café actúan como inhibidores (5).

Mientras que las autoridades sanitarias europeas recomiendan una ingesta diaria de hierro de 30 mg durante el embarazo y de 16 mg durante la lactancia, en EE.UU. se ha definido como adecuado un valor de 27 mg y 10 mg respectivamente.



Bibliografía sobre el hierro

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El yodo

La etapa más vulnerable para padecer una deficiencia de yodo es durante el embarazo y la lactancia, así como durante la infancia. Por desgracias estos grupos de población están manifestando signos de una potencial carencia de yodo en todo el mundo. La evidencia demuestra que, incluso en los países con programas de sal yodada o enriquecimiento del pan, los niveles de yodo en el embarazo y la lactancia pueden ser deficientes (1).

Durante el desarrollo fetal e infantil, el yodo es necesario para producir las hormonas tiroideas que regulan el crecimiento, desarrollo, metabolismo y función reproductora en todos los grupos de edades. El desarrollo del feto y el niño es el que más se ve afectado por unos niveles bajos de la hormona tiroidea y por el riesgo de trastornos por deficiencia de yodo como el cretinismo, la diplejia espástica, el estrabismo, así como un deterioro de la función mental y retardo del desarrollo físico (2).

Durante el embarazo, la producción de hormonas tiroideas aumenta un 50%, por lo que se requiere una mayor ingesta de yodo para mantener la función de la tiroides y la producción de hormonas. La deficiencia de yodo durante la gestación incrementa el riesgo de aborto espontáneo, muerte fetal y anomalías congénitas.

En la semana 11 de embarazo, la glándula tiroidea del feto comienza a funcionar y a producir su propia hormona tiroidea hasta la semana 18 a 20. Durante este tiempo y hasta el tercer año de edad, la ingesta de yodo es crucial para la madre y el niño. El cerebro del feto está creciendo rápidamente, y su sistema nervioso se está desarrollando. Si no hay yodo o el aporte no es suficiente durante el embarazo y la lactancia, pueden producirse daños cerebrales irreversibles y otros desórdenes provocados por la carencia de yodo (2).

La OMS recomienda la suplementación con yodo a mujeres embarazadas y niños procedentes de países en los que menos del 90% de los hogares utiliza sal yodada. El embarazo y la lactancia requieren un aporte diario de alimentos ricos en yodo y de suplementación con yodo para cubrir la ingesta diaria recomendada de 250 microgramos y reducir el riesgo de trastornos causados por una deficiencia (3).



Bibliografía sobre el yodo

1.Marchioni E. et al. Iodine Deficiency in Pregnant Women Residing in an Area of Adequate Iodine Intake. Nutrition Journal, 2008; 24(5):458–61.

2.Patrick L. Iodine: deficiency and therapeutic considerations. Altern Med Rev, 2008; 13(2), 116-127.

3.World Health Organisation (WHO), United Nations Children's Fund (UNICEF), & International Council for the Control of Iodine Deficiency Disorders (ICCIDD). (2007). Assessment of iodine deficiency disorders and monitoring their elimination: a guide for programme managers, 3rd ed.



Las embarazadas adolescentes carecen de micronutrientes esenciales

El embarazo en la adolescencia comporta un gran riesgo de retardo del crecimiento intrauterino y parto prematuro (1, 2). Las adolescentes de países industrializados tienen, por regla general, una alimentación pobre en micronutrientes y de alta densidad energética, siendo especialmente preocupante el consumo de vitamina B9 (folato), vitamina D y hierro (3). Se sabe a ciencia cierta que un nivel de micronutrientes subóptimo es un factor determinante para un desenlace adverso del embarazo en adultos (4).

A pesar de la eficacia de los programas llevados a cabo en el Reino Unido y Estados Unidos, los cuales han conseguido reducir el número de embarazos en adolescentes, ambos países han registrado un índice similar de aproximadamente 41 mujeres de cada 1.000 ente los 15 y los 17 años (5, 6). El índice de embarazo entre adolescentes en el Reino Unido sigue siendo el más alto de Europa occidental.



Bibliografía sobre el embarazo en adolescentes

1.Jolly M. C. et al. Obstetric risks of pregnancy in women less than 18 years old. Obstet Gynecol, 2000; 96:962-6.

2.Chen X. K. et al. Teenage pregnancy and adverse birth outcomes: a large population based retrospective cohort study. Int J Epidemiol, 2007; 36:368-73.

3.Gregory J. et al. National Diet and Nutrition Survey: young people aged 4 to 18 years. Vol 1. Report of the Diet and Nutrition Survey. London, United Kingdom: HMSO, 2000.

4.Fall C. H. et al. Micronutrients and fetal growth. J Nutr, 2003; 133:1747-56.

5.Ventura S. J. et al. Estimated pregnancy rates by outcome for the United States, 1990-2004. Natl Vital Stat Rep, 2008; 56:1-25,28.

6.Office for National Statistics and Teenage Pregnancy Unit. Teenage conception statistics for England 1998–2005.