opinión experta

Los estudios sobre micronutrientes son un desafío para los periodistas

octubre 1, 2012

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Martin Braun, médico y periodista, Múnich, Alemania

“Imagine que llega un teletipo con dos estudios. El primero dice: La vitamina C también es útil para el catarro crónico. El otro: Las personas que toman vitamina C padecen más infecciones. La pregunta es: ¿Cuál de ellos es más probable que se publique? Sin duda, el segundo, puesto que es más interesante desde una perspec-tiva periodística. Que la vitamina C ayuda a estar sano, es algo que venimos escuchando desde hace décadas y ya no interesa a nadie. Sin embargo, que una persona que toma vitamina C pueda enfermar más fácilmente que una que no toma, es todo un notición. Y no tanto porque las malas noticias se venden mejor, sino por lo sorprendente, inesperado y nuevo de esta información; es decir, porque tiene todos los componentes para ser una buena noticia. En este sentido, es comprensible el enorme eco mediático que se da a ciertos estudios, pese a que si solo se consideraran los datos de base y no el mensaje, posiblemente no causarían tanta sensación.

Supongamos que los dos estudios (tanto el archiconocido sobre las bondades de la vitamina C como el que destaca sus inconvenientes) son metódicos y equivalentes en lo que respecta a los datos de base. Lo único en lo que se diferencian es en el resultado. Cuál de ellos será publicado, ya lo hemos discutido: el segundo. El otro será inevitablemente ignorado, «pues solo provocaría confusión en el lector, que espera recibir mensajes claros». Pero con esta actitud, el periodista cae en la distorsión (sesgo), porque reproduce las circunstancias actuales del estudio parcialmente. Una segunda distorsión podría deberse a la mala calidad del estudio en el que se basa el enunciado. En todo caso, no se puede decir que sea representativo. Puede que solo sirva para generar hipótesis que haya que confirmar más adelante en ensayos más rigurosos. O quizás las conclusiones de los investigadores “podrían ser”; es decir, están basadas en una probabilidad. Pero la relativización no es algo que generalmente guste a los periodistas.

Está claro que con los estudios la cosa es más seria. Dejando a un lado el debate sobre el contenido, la función del periodista consiste en explicar los resultados de la investigación de una forma que resulte fácilmente comprensible para el público en general, a ser posible de manera imparcial y seleccionando previamente los estudios. Los periodistas a menudo creen que se limitan a documentar, aunque rara vez su trabajo está exento de interpretaciones. Aparte del sesgo consciente y/o inconsciente, la minuciosidad y los conocimientos en la materia tienen un papel determinante al trabajar con estudios. En este punto es donde se plantean varias cuestiones. Son muy pocos los periodistas que han estudiado estadística, de ahí que confíen en lo que otros, como las agencias de noticias, informan sobre los estudios. Una encuesta realizada entre colegas ha puesto de manifiesto que muy pocos consultan el resumen original del trabajo científico (abstract), ni mucho menos el trabajo completo, o hablan personalmente con los autores. Sin duda, esto no tiene tanto que ver con la superficialidad y la pereza como con la eficiencia. Solo unos pocos disponen del tiempo para profundizar en la obra original e incluso así, pronto se topan con las limitaciones de sus escasos conocimientos estadísticos. A esto hay que añadir que muchos periodistas han desarrollado a lo largo de los años una relación ambivalente con los estudios. Por un lado, los valoran como evidencia científica y, por otro, saben por experiencia el mal uso que se hace de ellos.

En lo que atañe a los estudios, los periodistas son el último eslabón de una larga cadena. Esta cadena comienza con los científicos que diseñan y realizan el estudio y que, de un modo u otro, también pueden estar motivados por intereses (líneas de investigación, patrocinadores, el deseo de hacerse un nombre en la comunidad científica, etc.). Esto se extiende a la elección de los estudios que se descartan e ignoran y aquellos que se decide publicar, lo que se conoce como sesgo de publicación. Otro filtro lo constituyen las revistas especializadas, las cuales, dada la gran cantidad de trabajos científicos, solo pueden publicar un fragmento de los mismos. El siguiente miembro de la cadena son las agencias de noticias, que también aplican su filtro. Es en este momento cuando generalmente entra en juego el periodista, que no puede hacer nada para evitar las distorsiones que sufren los datos científicos hasta que llegan a su mesa. Aquí es donde debe emplear su competencia y responsabilidad para transmitir los conocimientos tal y como son, de una manera imparcial, rigurosa y crítica. Estas tres máximas sirven de guía para el buen hacer de un periodista.

Independientemente de que se vaya a publicar en un medio importante o en la prensa del corazón, antes de que el periodista tome el megáfono para dar a conocer al mundo alguna cosa, debería cuestionarse crítica-mente la validez de un estudio (por ejemplo, el número de participantes o el tiempo de duración). No se trata únicamente de presentar una buena historia, sino también de hacer llegar a la gente conocimientos serios y verificables con el ánimo de instruir; es decir, considerando la razón como la más importante fuente de conocimiento y haciendo uso del pensamiento crítico y el trabajo científico.

En los siguientes tres artículos de “Opinión de los expertos” se pretende demostrar con qué facilidad el periodista puede estar equivocado en su interpretación de las nuevas publicaciones científicas mediante cinco estudios citados frecuentemente sobre el efecto de los micronutrientes”.
Basado en: Prof. Dr. Manfred Wilhelm und Martin Braun. Eine verunsicherte Bevölkerung durch Mängel in der Kommunikation. Vitamin-Bericht 2012 – Beiträge zur Versorgung mit Mikronährstoffen. TRIAS-Verlag, 2012.