Tema del mes

Los micronutrientes en la prevención del cáncer – 2ª parte

mayo 1, 2013

file

Se estima que alrededor de un tercio de todas las formas de cáncer podrían deberse a factores rela-cionados con la alimentación y el estilo de vida. La relación entre la dieta y el riesgo de cáncer es muy compleja, y resulta difícil demostrar la influencia de factores dietéticos individuales. Los resultados de las revisiones de estudios sugieren que las dietas preventivas del cáncer se caracterizan por estar compuestas principalmente por una gran proporción de alimentos vegetales como verduras, frutas, cereales integrales y legumbres. Pese a tener una densidad energética relativamente baja, estos alimentos suministran abundante fibra y diversas cantidades de micronutrientes esenciales como vitaminas, carotenoides, minerales y oligoelementos, que podrían influir en los mecanismos especí-ficos del desarrollo del cáncer. Muchos de estos micronutrientes están involucrados en el mantenimiento de la información genética (ADN) y pueden, por lo tanto, prevenir la aparición de células tumorales.

Las células cancerígenas se desarrollan a partir de células sanas que, debido a los cambios en el ADN (mutación), han perdido determinadas características y adquirido otras nuevas. Las células tumorales malignas pueden dividirse de forma descontrolada (independiente-mente de las señales externas), tienen un potencial de crecimiento ilimitado, no sufren la muerte celular programada (apoptosis), pueden estimular la formación de nuevos vasos sanguíneos para autoabastecerse (angiogénesis) e invadir los tejidos circundantes o proliferar en el cuerpo (metástasis), destruyendo así otras zonas alejadas del tumor. Un suministro adecuado de micronutrientes a las células puede, gracias al efecto protector frente al daño oxidativo en el ADN y la cubierta que lo envuelve, favorecer la estabilidad genética y propiciar procesos celulares normales como la división, el crecimiento y la muerte celular(véase también Los micronutrientes en la prevención del cáncer).


Carotenoides

El betacaroteno fue el primer carotenoide que se consiguió detectar en los alimentos y en la sangre humana. Los resultados de estudios observacionales previos sugieren una relación entre un aumento de la ingesta de betacaro-teno y un menor riesgo de cáncer de pulmón, lo que se ha podido comprobar a menudo mediante la medición de unos niveles elevados de betacaroteno en sangre (1, 2). A diferencia de anteriores estudios retrospectivos, no en todos los estudios prospectivos de cohortesmás recientes se ha observado esta asociación entre el betacaroteno y el cáncer de pulmón. Un análisis de dos grandes estudios prospectivos de cohortes realizados en EE. UU., en los que se hizo un seguimiento a más de 120.000 hombres y mujeres durante un mínimo de diez años, no mostró una asociación significativa entre la ingesta dietética de carotenoides y el riesgo de cáncer (3). Sin embargo, las personas que consumieron las cantidades más altas de carotenoides en total y de licopeno presentaron un riesgo significativa-mente menor de desarrollar cáncer de pulmón que aquellas con los valores de ingesta más bajos. En un estudio llevado a cabo durante 14 años con más de 27.000 hombres finlandeses fumadores se observó una asociación entre un aumento del consumo de carotenoides en total, licopeno, luteína y zeaxantina , pero no betacaroteno, y una reducción significativa del riesgo de cáncer de pulmón (4), mientras que en un estudio realizado durante seis años con más de 58.000 hombres holandeses se asoció una mayor ingesta de luteína y zeaxantina con un menor riesgo de cáncer de pulmón (5). Un análisis de los resultados combinados de seis estudios prospectivos de cohortes en Norteamérica y Europa tampoco halló una relación entre el consumo de betacaroteno en la dieta y el riesgo de cáncer de pulmón, si bien los participantes con el consumo más elevado de beta-criptoxantina mostraron un riesgo de cáncer de pulmón un 24 por ciento menor que aquellos con los valores de ingesta más bajos (6). Los resultados de estudios prospectivos más recientes basados en la estimación de la ingesta dietética de micronutrientes sugieren que una dieta abundante en carotenoides podría estar asociada con un menor riesgo de cáncer de pulmón. Sin embargo, una revisión reciente de estudios prospectivos de cohortes concluyó que es probable que el efecto protector de los carotenoides no sea estadísticamente significativo frente al desarrollo del cáncer de pulmón (7).

La acción de los complementos alimenticios que contienen betacaroteno sobre el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón ha sido estudiada en tres grandes ensayos aleatorizados controlados con placebo. En Finlandia, los investi-gadores del Ensayo sobre la Prevención del Cáncer con Alfa-Tocoferol Betacaroteno (ATBC, por sus siglas en inglés) evaluaron los efectos de la ingesta diaria de 20 mg de betacaroteno en más de 29.000 hombres fumadores (8). En EE. UU., el estudio CARET investigó los efectos de una combinación de 30 mg/día de betacaroteno y 25.000 UI /día de vitamina A (retinol) en más de 18.000 hombres y mujeres (9). Los participantes eran fumadores, ex-fumadores o estuvieron expuestos al asbesto durante su trabajo, todos ellos importantes factores de riesgo para el cáncer de pulmón. El sorprendente resultado fue que el riesgo de cáncer de pulmón aumentó un 16% entre los participantes del estudio ATBC que tomaron durante seis años dosis muy altas de betacaroteno y hasta un 28% entre los participan-tes del estudio CARET que consumieron dosis aún más altas durante cuatro años. El estudio estadounidense Physicians' Health Study examinó el efecto de la suplementación con betacaroteno (50 mg cada dos días) en el riesgo de cáncer en más de 22.000 médicos varones, de los cuales un 11% eran fumadores (10). En este estudio, no se midió un aumento del riesgo de cáncer de pulmón pese a la ingesta de betacaroteno durante más de 12 años. Aunque las razones de este posible aumento todavía no están claras, se barajan varios mecanismos (11). Muchos expertos opinan que los posibles riesgos de la ingesta de altas dosis de betacaroteno durante un largo periodo de tiempo son mayores que el beneficio potencial en la prevención del cáncer de pulmón, especialmente en fumadores y otros grupos de la población con un alto riesgo de desarrollar cáncer (12, 13). En 2012, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) concluyó que los estudios epidemiológicos no indicaban un aumento del riesgo de cáncer de pulmón en fumadores expuestos a dosis suplementarias de betacaroteno de entre 6 y 15 mg/día durante un periodo de 5 a 7 años (14). La ingesta de betacaroteno como aditivo alimentario y como complemento alimenticio en un nivel inferior a 15 mg/día no plantea efectos perjudiciales para la salud en la población en general, incluyendo los fumadores.

Los resultados de varios estudios prospectivos de cohortes mostraron que una dieta rica en licopeno podría estar asociada con una reducción significativa del riesgo de cáncer de próstata, sobre todo de las formas más agresivas (15). En un estudio prospectivo llevado a cabo durante ocho años con más de 47.000 profesionales de la salud, aquellos que habían ingerido las dosis más altas de licopeno presentaron un riesgo un 21% inferior de padecer cáncer de próstata que los que tomaron las dosis más bajas (16). De entre todos ellos, aquellos que consumieron más tomates y productos derivados de los mismos (más del 82% de la ingesta total de licopeno en la dieta) mostraron una disminución de un 35% en el riesgo de cáncer de próstata y de un 53% en la probabilidad de desarrollar un cáncer de próstata agresivo, en comparación con los que consumieron las cantidades más bajas. Asimismo, un estudio prospectivo realizado con hombres mostró que los participantes que consumieron más tomates presentaban un menor riesgo de cáncer de próstata (17). Por otra parte, un estudio prospectivo llevado a cabo con médicos estadounidenses reveló que los participantes con los niveles más altos de licopeno en plasma tenían un riesgo significativamente más bajo de desarrollar un cáncer de próstata agresivo (18). Por el contrario, un estudio prospectivo con más de 58.000 hombres holandeses no encontró una correlación entre la ingesta de licopeno y el riesgo de cáncer de próstata (19). Un meta-análisis que combinó los resultados de 10 estudios prospectivos y 11 estudios de casos y controles, señaló una reducción del riesgo de cáncer de próstata de entre un 11% y un 19% en los hombres que consumieron mayor cantidad de licopeno o tomates (20). Un estudio prospectivo realizado durante 4,2 años con una cohorte de 29.361 participantes no halló ninguna asociación entre la ingesta dietética de licopeno y el riesgo de cáncer de próstata (21). Otro gran estudio prospectivo tampoco encontró una correlación entre las concentraciones plasmáticas de licopeno o de carotenoides en general y el riesgo de desarrollar este tipo de cáncer (22). Aunque existe un considerable interés científico en el potencial del licopeno para prevenir el cáncer de próstata, aún no está claro si la reducción del riesgo observada en algunos estudios epidemiológicos guarda relación con el licopeno en sí, con otros ingredientes del tomate o con otro tipo de factores asociados a una dieta rica en licopeno. Los resultados de estudios de intervención a corto plazo en pacientes con cáncer de próstata sometidos a una dieta rica en licopeno son prometedores. No obstante, se desconoce la eficacia y la seguridad del uso a largo plazo de licopeno para la prevención o tratamiento del cáncer de próstata. (23). Para ello, son necesarios ensayos clínicos controlados a gran escala.


Minerales

El cáncer colorrectal es el tercer tipo más común de cáncer diagnosticado en el hombre y el segundo más frecuente en la mujer, y es responsable de aproximadamente el 8% de las muertes en todo el mundo (24). Se cree que el cáncer colorrectal está causado por una combinación de factores genéticos y ambientales, si bien varía mucho el grado en que estos factores influyen en el riesgo de cáncer colorrectal en los seres humanos. Mientras que en algunas personas con antecedentes familiares de un determinado tipo de cáncer colorrectal, la causa parece radicar casi exclusivamente en los factores genéticos, en otras personas y tipos de cáncer son los factores dietéticos los que influyen en el riesgo de padecer esta enfermedad. Los resultados de estudios en animales indican claramente una función preventiva del calcio en el cáncer colorrectal (25). Los ensayos clínicos controlados en personas demuestran una ligera reducción de la recurrencia de adenomas colorrectales (pólipos precancerosos) mediante la ingesta de 1200-2000 mg/día de complementos alimenticios con calcio (26, 27). Otro estudio reveló que el efecto protector persistió hasta cinco años después de la intervención (28). Un análisis de los resultados de diez estudios prospec-tivos de cohortes realizado con 534.536 hombres y mujeres constató que los individuos que consumieron las más dosis más altas de calcio proveniente únicamente de los alimentos tenían un riesgo de cáncer colorrectal un 14% inferior al de aquellos que consumieron las cantidades más bajas: el consumo de calcio en las diez cohortes varió entre 674 y 1051 mg al día (29). Los participantes con la ingesta total de calcio más alta a partir de los alimentos y los complementos alimenticios presentaron una disminución del 22% en el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal. El consumo total diario de calcio en los estudios incluidos fue de entre 732 y 1087 mg al día. No obstante, la mayoría de los estudios prospectivos a gran escala han puesto de manifiesto una correlación relativamente débil entre un au-mento de la ingesta de calcio y un menor riesgo de cáncer colorrectal. Esto podría deberse a las diferentes reaccio-nes al calcio de los distintos grupos de población. Por ejemplo, existen algunas evidencias de que los individuos con unos niveles altos en sangre del factor de crecimiento insulínico tipo 1 (IGF-1) tienen un mayor riesgo de cáncer colorrectal y, por lo tanto, podrían beneficiarse más que otros grupos de población de una mayor ingesta de calcio. Un estudio de casos y controles llevado a cabo con 511 hombres mostró que el aumento de la ingesta de calcio redujo el riesgo en aquellos con unos niveles elevados de IGF-1 en sangre más que en los que tenían unos valores sanguíneos normales (30). Antes de poder sacar conclusiones, se requieren más estudios para aclarar si ciertos subgrupos de la población tienen diferentes necesidades de calcio en lo que respecta a una reducción del riesgo de cáncer colorrectal.

La investigación en el área de la prevención del cáncer de próstata mediante el uso de calcio ha obtenido hasta ahora resultados contradictorios: varios estudios epidemiológicos han suscitado la preocupación de que una ingesta elevada de calcio pueda estar asociada con un mayor riesgo de cáncer de próstata. Un estudio prospectivo de cohortes a gran escala realizado en EE. UU. examinó a más de 50.000 hombres profesionales de la salud durante ocho años y halló evidencia de que los hombres que consumían 2.000 mg o más de calcio al día podían tener un riesgo tres veces mayor de desarrollar cáncer de próstata avanzado y cuatro veces mayor de desarrollar cáncer de próstata metastático que aquellos que consumían menos de 500 mg de calcio al día (31). Otro estudio prospectivo con médicos estadounidenses reveló que un incremento de 500 mg al día en la ingesta de calcio a partir de productos lácteos podría estar asociado con un aumento del 16% del riesgo de cáncer de próstata (en estadio avanzado y no avanzado) (32). Otro estudio prospectivo con una cohorte de 29.133 hombres fumadores a lo largo de 17 años señaló una posible relación entre un consumo de calcio elevado (más de 1.000 mg al día) y un mayor riesgo de cáncer de próstata (33). No obstante, aún no están claros los mecanismos fisiológicos de una posible asociación. Unos niveles altos de calcio pueden dar lugar a una disminución de los niveles sanguíneos de calcitriol (la forma activa de la vitamina D), el cual ha demostrado tener un efecto preventivo contra el cáncer en estudios experi-mentales llevados a cabo con animales y líneas celulares. Sin embargo, no han sido igual de concluyentes los resultados de los estudios en humanos que han examinado los niveles séricos de calcitriol y el riesgo de cáncer de próstata. No todos los estudios epidemiológicos han demostrado una asociación entre la ingesta de calcio y el riesgo de cáncer de próstata, y los resultados han sido, en parte, contradictorios (34-37). La falta de consistencia en los resultados sugiere interacciones complejas entre los factores de riesgo del cáncer de próstata y posiblemente reflejen las dificultades a la hora de evaluar el consumo diario de calcio. Las sociedades científicas de diferentes países recomiendan actualmente para los hombres una ingesta de calcio diaria de 1.000 a 1.200 mg.

Estudios epidemiológicos realizados mayormente en países asiáticos han demostrado que un consumo frecuente de alimentos salados, ahumados o adobados puede aumentar el riesgo de desarrollar cáncer de estómago (38,39). A pesar de que estos alimentos son ricos en cloruro sódico (sal), también puede contener sustancias cancerígenas (carcinógenos) como las nitrosaminas. Por otra parte, las poblaciones con un alto consumo de alimentos salados tienden a consumir pocas frutas y verduras, las cuales podrían ejercer un efecto preventivo (40). El riesgo de desarrollar cáncer de estómago se incrementa cuando existe una inflamación crónica de este órgano y una infección bacteriana por Helicobacter pylori. Unos niveles altos de sal pueden dañar las células del estómago y aumentar el riesgo potencial de infecciones celulares por H. pylori y defectos genéticos que predisponen el cáncer. Aunque existe escasa evidencia de que la sal en sí sea cancerígena, una ingesta elevada de ciertos alimentos ricos en sal, como el pescado en salazón, podría elevar el riesgo de cáncer gástrico en personas susceptibles (39, 41, 42).


Oligoelementos

Existe abundante documentación sobre un aumento significativo del riesgo de cáncer de hígado (hepatocarcinoma) en pacientes con cirrosis hepática debido a una excesiva acumulación de hierro característica de la hemocromatosis hereditaria. No está tan clara, sin embrago, la relación entre la ingesta dietética de hierro y el riesgo de cáncer en personas sin hemocromatosis (43). Varios estudios epidemiológicos han comprobado una posible asociación entre las mediciones de unos niveles de hierro elevados y una incidencia más frecuente de cáncer colorrectal o de pólipos precancerosos (tumores), si bien las observaciones no fueron uniformes. La ingesta dietética de hierro parece guardar una relación más directa con el riesgo de cáncer colorrectal que las mediciones de los niveles o las reservas de hierro (44, 45). El consumo elevado de carnes rojas se ha asociado con un mayor riesgo de cáncer colorrectal, aunque hay una serie de otros posibles factores que podrían influir negativamente en el riesgo de cáncer relacionado con el consumo de carne (46). Por ejemplo, la carne roja aumenta la secreción de ácidos biliares, que pueden tener un efecto tóxico sobre las células intestinales, así como la exposición a compuestos cancerígenos en la carne coci-nada (47). El aumento de las concentraciones de hierro en el colon podría aumentar el riesgo de cáncer de colon, ya que las células están expuestas a especies reactivas del oxígeno potencialmente dañinas producidas en reacciones catalizadas por hierro, especialmente si se consumen simultáneamente alimentos muy grasos. Aunque actualmente se está investigando esta posibilidad, la relación entre la ingesta dietética de hierro, las reservas de hierro y el riesgo de cáncer colorrectal siguen sin estar claras.

Los estudios realizados en animales han aportado numerosos indicios de que unos niveles altos de selenio en sangre pueden reducir la incidencia de cáncer. Más de dos terceras partes de los más de 100 estudios publicados sobre tumores espontáneos, virales e inducidos químicamente en 20 modelos de animales diferentes demostraron que el selenio puede reducir la incidencia de tumores (48). Las investigaciones demostraron que especialmente las formas metiladas de selenio, que se producen sobre todo por una ingesta excesiva y unos niveles altos de selenio, pueden tener un efecto preventivo sobre los tumores (49, 50). Los estudios geográficos han observado sin excepción un mayor índice de mortalidad relacionada con el cáncer en poblaciones que viven en zonas con suelos pobres en selenio y que tienen una ingesta de selenio relativamente baja. Asimismo, los resultados de estudios epidemiológicos han demostrado una tendencia a una incidencia más alta de diversos tipos de cáncer en individuos con unos niveles bajos de selenio en la sangre y en las uñas; aunque esta tendencia fue menos pronunciada en las mujeres. Por ejemplo, un estudio prospectivo llevado a cabo en EE. UU. con más de 60.000 enfermeras no halló ninguna relación entre los niveles de selenio en las uñas de los pies y el riesgo general de cáncer (51).

Es sabido que las infecciones por hepatitis y el tabaco aumentan el riesgo de desarrollar varios tipos de cáncer. Asimismo, una baja ingesta nutricional de selenio también puede elevar este riesgo. Así, por ejemplo, una infección crónica por hepatitis B o C eleva el riesgo de cáncer de hígado. En un estudio de hombres taiwaneses con hepatitis viral crónica B o C, se asociaron unas concentraciones plasmáticas bajas de selenio con un aumento del riesgo de padecer cáncer de hígado. Este aumento fue más pronunciado en los fumadores y en los participantes con bajos niveles plasmáticos de vitamina A y carotenoides (52). Un estudio de casos y controlesrealizado en el marco de un estudio prospectivo con más de 9.000 hombres y mujeres finlandeses examinó los niveles séricos de selenio de 95 individuos, a los que más tarde se diagnosticó cáncer de pulmón, y en 190 controles (53). Los niveles más bajos de selenio se asociaron con un mayor riesgo de cáncer de pulmón, siendo esta asociación más marcada en los fumadores. En esta población finlandesa, los niveles de selenio representaban aproximadamente un 60% del nivel observado normalmente en otros países occidentales. Los resultados de un meta-análisis de 16 estudios sugieren que el selenio puede proteger contra el cáncer de pulmón (54). En este análisis se halló que los individuos con las concentraciones más altas de selenio en las uñas de los pies (pero no en elsuero sanguíneo) presentaban un riesgo de cáncer de pulmón un 54% más bajo.

Algunos estudios han señalado una asociación entre una ingesta baja de selenio y un mayor riesgo de cáncer de próstata. Un estudio de casos y controles llevado a cabo dentro de un estudio prospectivo con más de 50.000 hombres profesionales de la salud en los EE. UU. reveló una relación significativa entre unas concentraciones altas de selenio en las uñas de los pies y un menor riesgo de cáncer de próstata (55). En este estudio, los participantes cuyos niveles de selenio en las uñas correspondía a una ingesta media diaria de 159 mcg de selenio tenían un 65% menos de riesgo de desarrollar cáncer de próstata avanzado en comparación con aquellos cuya ingesta de selenio era de tan solo 86 mcg al día. También un estudio de casos y controles con 9.000 hombres japoneses-americanos (56) y otros estudios similares (57, 58) han confirmado efectos preventivos. Uno de los estudios de casos y contro-les más grandes observó una posible acción preventiva del selenio en el cáncer colorrectal, pero no así en el cáncer de mama y de próstata (59). Un meta-análisis de 20 estudios epidemiológicos, en su mayoría estudios de casos y controles, mostró que el nivel de selenio en suero o en las uñas de los pies de pacientes con cáncer de próstata era significativamente inferior al de los participantes del grupo de control (60). Un estudio prospectivo con una cohorte de más de 295.000 hombres indicó que el consumo frecuente de preparados vitamínicos (más de 7 veces por sema-na) en combinación con suplementos de selenio podría estar asociado con un aumento significativo del riesgo de desarrollar cáncer de próstata avanzado y mortal (61). Otros estudios prospectivos y ensayos clínicos no han confirmado esta hipótesis.

En un estudio de intervención, 20.847 pacientes chinos con deficiencia de selenio y un alto riesgo de infección viral por hepatitis B y cáncer de hígado recibieron sal enriquecida con selenito de sodio. Después de ocho años disminuyó la incidencia media de cáncer de hígado en un 35%, mientras que no hubo reducción del riesgo en los grupos de control (62). En un estudio aleatorizado controladorealizado en EE. UU. con más de 1.300 adultos mayores, la suplementación diaria con 200 mcg de levadura enriquecida con selenio durante un promedio de 7,4 años se asoció con una reducción del 49% en el riesgo de cáncer de próstata (63). El efecto preventivo del selenio fue mayor en los hombres que tenían los niveles plasmáticos más bajos de selenio y el antígeno prostático específico (PSA) al comien-zo del estudio. Sorprendentemente, otros resultados de este estudio mostraron que la ingesta específica de selenio podía aumentar el riesgo de ciertos tipos de cáncer de piel (carcinoma espinocelular) (64), sin que se redujera de forma significativa el riesgo de cáncer de pulmón (65). Aunque la suplementación con selenio en la prevención del cáncer de próstata ha demostrado ser prometedora en algunos estudios, actualmente se están llevando a cabo varios estudios de intervención a gran escala para evaluar el papel del selenio en este campo (50, 66, 67). Sin embargo, uno de los grandes estudios aleatorizados controlados con selenio yvitamina E (SELECT) fue interrumpido al no hallarse ninguna prueba de posibles beneficios en la prevención del cáncer de próstata (68). En los estudios de seguimiento del SELECT, la suplementación con selenio (200 mcg al día) sola o en combinación con la vitamina E no redujo el riesgo de cáncer de próstata, de pulmón o colorrectal (69).

Son varios los mecanismos que se barajan para aclarar los posibles efectos preventivos del selenio: 1) maximiza la actividad de las selenoenzimas antioxidantes y mejora del estado oxidativo, 2) mejora la función del sistema inmune, 3) afecta positivamente elmetabolismo de los agentes carcinógenos, 4) aumenta la producción de metabolitos del selenio que inhiben el crecimiento de las células tumorales, 5) influye positivamente en la muerte (apoptosis) de las células degeneradas, 6) influye positivamente en la reparación del ADN y 7) es un agente antiangiogénico. Se ha propuesto un modelo en dos etapas para entender las distintas actividades anticancerígenas del selenio a diferentes dosis: en cantidades nutricionales y fisiológicas (aprox. 40 a 100 mcg/día en adultos), el selenio podría maximizar la actividad de las selenoenzimas antioxidantes y mejorar con ello la función del sistema inmune. En dosis más altas y farmacológicas (aprox. 200 a 300 mcg/día en adultos), la formación de metabolitos de selenio, especialmente las formas metiladas, podría tener un efecto anticancerígeno suplementario (48, 49).


Ácidos grasos esenciales

Los ácidos grasos poliinsaturados omega-3 (PUFAs omega-3) han demostrado tener efectos preventivos en el desar-rollo del cáncer en numerosos experimentos con cultivos celulares y estudios en animales. El consumo de pescado a menudo se considera parte de un modelo de alimentación saludable (70), dado que los niveles séricos de PUFAs omega-3 están en gran medida correlacionados con la ingesta de pescado (71, 72). Varios estudios experimentales respaldan la hipótesis de que los PUFAs omega-3 reducen el riesgo de cáncer colorrectal a través de diversos mecanismos (73-77). Sin embargo, los estudios observacionales han mostrado resultados contradictorios en este sentido, lo cual pone de manifiesto la dificultad de investigar cómo influyen nutrientes específicos en una enfermedad multifactorial. Existen datos, obtenidos principalmente a partir de estudios de casos y controles y de estudios experi-mentales, que sugieren una posible acción positiva de los PUFAs omega-3 –en particular del ácido eicosapentae-noico (EPA) y del ácido docosahexaenoico (DHA)– en el riesgo de cáncer colorrectal. Tres estudios de casos y controles han indicado una reducción del riesgo en los participantes con el consumo más alto de EPA y DHA (78-80). De cinco estudios prospectivos, uno no mostró ninguna asociación (81), uno mostró un aumento del riesgo de cáncer colorrectal (82) y tres mostraron una disminución del riesgo (83-85). En uno de estos tres últimos estudios mencio-nados (83), solo uno de los subgrupos de participantes que no tomaban aspirina presentó un menor riesgo.

En un estudio de casos y controles (86) y un estudio prospectivo (87) no se halló una correlación entre la ingesta total de PUFA omega-3 y el riesgo de cáncer de próstata, mientras que en otro estudio de casos y controles (88) y un estudio prospectivo (89) sí se constató una reducción del riesgo en los participantes con el consumo más alto de ácidos grasos omega-3 en general y de EPA y DHA de forma aislada. Un estudio prospectivo indicó un posible aumen-to del riesgo con una ingesta muy elevada (un promedio de 1,3 g/día) de ácidos grasos omega-3 (90).

Cada vez hay más evidencia de una asociación entre un consumo adecuado de PUFA omega-3 y una disminución del riesgo de cáncer de mama. Esta divergencia de resultados se explica, en parte, por las distintas dosis de PUFA omega-3 empleadas en los estudios y los diferentes hábitos alimentarios de los participantes. Los resultados tanto de los estudios de casos y controles como de los estudios prospectivos de cohortes realizados en países asiáticos, en los que se asoció una reducción del riesgo de cáncer de mama con unaingesta adecuada de PUFA omega-3, coinci-den en su mayor parte (91-94), salvo por una excepción (95). En un estudio estadounidense se ha demostrado una disminución del riesgo de desarrollar cáncer de mama en las consumidoras de suplementos con aceite de pescado (96). En los estudios europeos, sin embargo, no se ha observado hasta el momento una asociación entre los PUFA omega-3 y el cáncer de mama (97,98). La heterogeneidad de los resultados podría explicarse por las diferencias en el consumo de PUFA omega-3 de los participantes: la ingesta media de PUFA omega-3 en el estudio chino, en el que no se constató una reducción del riesgo (95), fue de 200 mg/día, mientras que en otros estudios asiáticos, en los que sí se apreció un efecto preventivo, fue de entre 300 mg y más de 500 mg. Tomados en conjunto, estos estudios sugieren la necesidad de aumentar la ingesta de PUFA omega-3 para logra un efecto preventivo. Un meta-análisis confirmó que existía una asociación entre un aumento de la ingesta de PUFA omega-3 y una disminución del riesgo de cáncer de mama en todas las mujeres de las cohortes consideradas, y más especialmente en las mujeres post-menopáusicas (99).

Un estudio japonés de casos y controles reveló un menor riesgo de cáncer de estómago al aumentar el consumo de PUFA omega-3 (100). Últimamente no se ha investigado la posible influencia de la incidencia de cáncer de pulmón. Un estudio prospectivo de cohortes realizado en Noruega hace algún tiempo mostró una reducción de riesgo con la administración de suplementos que contenían aceite de hígado de bacalao (101).

De acuerdo con los estudios realizados hasta ahora, el ácido alfa-linolénico (ALA) no parece ser en sí mismo un factor de riesgo ni un factor preventivo en relación con el cáncer. Dos estudios de casos y controles (79, 80) no mostraron ningún efecto sobre el riesgo de cáncer colorrectal, ni tampoco lo hicieron un estudio de cohortes europeo (102) y uno japonés (85). Un estudio estadounidense (81) indicó un aumento significativo del riesgo de cáncer con cantidades elevadas de ALA, si bien, tras la corrección de los valores referentes al consumo de carne de los partici-pantes, tal aumento no pudo atribuirse claramente al ALA. Dos estudios de casos y controles (86, 88) y un estudio de cohortes (90) no mostraron ninguna asociación entre la ingesta de ALA y el riesgo de cáncer de próstata. Un estudio prospectivo (87) indicó un menor riesgo de cáncer de próstata, y otros dos estudios (88, 89) apuntaron a un aumento del riesgo asociado con una ingesta más elevada de ALA. No obstante, ni existe plausibilidad biológica ni los modelos experimentales sustentan un efecto cancerígeno del ALA. En los países asiáticos no se ha observado hasta la fecha ninguna relación entre el ALA y el cáncer de mama (91, 94, 95). Un estudio francés (97) proporcionó evi-dencia de que el riesgo de cáncer de mama se puede reducir si la fuente del ALA es el aceite vegetal, pero aumenta cuando el ALA proviene de alimentos procesados. Esto indicaría que el riesgo de cáncer depende de otros muchos componentes presentes en los alimentos. Estos alimentos podrían formar parte de los hábitos alimentarios occiden-tales y no, por ejemplo, de los asiáticos (103).

Referencias

  1. Peto R. et al. Can dietary beta-carotene materially reduce human cancer rates? Nature. 1981; 290(5803):201-208.
  2. Ziegler R. G. A review of epidemiologic evidence that carotenoids reduce the risk of cancer. J Nutr. 1989; 119(1):116-122.
  3. Michaud D. S. et al. Intake of specific carotenoids and risk of lung cancer in 2 prospective US cohorts. Am J Clin Nutr. 2000; 72(4):990-997.
  4. Holick C. N. et al. Dietary carotenoids, serum beta-carotene, and retinol and risk of lung cancer in the alpha-tocopherol, beta-carotene cohort study. Am J Epidemiol. 2002; 156(6):536-547.
  5. Voorrips L. E. et al. A prospective cohort study on antioxidant and folate intake and male lung cancer risk. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2000; 9(4):357-365.
  6. Mannisto S. et al. Dietary Carotenoids and Risk of Lung Cancer in a Pooled Analysis of Seven Cohort Studies. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2004; 13(1):40-48.
  7. Gallicchio L. et al. Carotenoids and the risk of developing lung cancer: a systematic review. Am J Clin Nutr. 2008; 88(2):372-383.
  8. The effect of vitamin E and beta-carotene on the incidence of lung cancer and other cancers in male smokers. The Alpha-Tocopherol, Beta Carotene Cancer Prevention Study Group. N Engl J Med. 1994; 330(15):1029-1035.
  9. Omenn G. S. et al. Risk factors for lung cancer and for intervention effects in CARET, the Beta-Carotene and Retinol Efficacy Trial. J Natl Cancer Inst. 1996; 88(21):1550-1559.
  10. Hennekens C. H. et al. Lack of effect of long-term supplementation with beta carotene on the incidence of malignant neoplasms and cardiovascular disease. N Engl J Med. 1996; 334(18):1145-1149.
  11. Palozza P. et al. Interplay of carotenoids with cigarette smoking: implications in lung cancer. Curr Med Chem. 2008; 15(9):844-854.
  12. Vainio H. Rautalahti M. An international evaluation of the cancer preventive potential of carotenoids. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 1998; 7(8):725-728.
  13. U.S. Preventive Services Task Force. Routine vitamin supplementation to prevent cancer and cardiovascular disease: recommendations and rationale. Ann Intern Med. 2003; 139(1):51-55.
  14. EFSA Panel on Food Additives and Nutrient Sources added to Food. Statement on the safety of beta-carotene use in heavy smokers. EFSA Journal 2012; 10(12):2953.
  15. Giovannucci E. A review of epidemiologic studies of tomatoes, lycopene, and prostate cancer. Exp Biol Med (Maywood). 2002; 227(10):852-859.
  16. Giovannucci E. et al. Intake of carotenoids and retinol in relation to risk of prostate cancer. J Natl Cancer Inst. 1995; 87(23):1767-1776.
  17. Mills P. K. et al. Cohort study of diet, lifestyle, and prostate cancer in Adventist men. Cancer. 1989; 64(3):598-604.
  18. Gann P. H. et al. Lower prostate cancer risk in men with elevated plasma lycopene levels: results of a prospective analysis. Cancer Res. 1999; 59(6):1225-1230.
  19. Schuurman A. G. et al. A prospective cohort study on intake of retinol, vitamins C and E, and carotenoids and prostate cancer risk (Netherlands). Cancer Causes Control. 2002; 13(6):573-582.
  20. Etminan M. et al. The role of tomato products and lycopene in the prevention of prostate cancer: a meta-analysis of observational studies. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2004; 13(3):340-345.
  21. Kirsh V. A. et al. A prospective study of lycopene and tomato product intake and risk of prostate cancer. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2006; 15(1):92-98.
  22. Key T. J. et al. Plasma carotenoids, retinol, and tocopherols and the risk of prostate cancer in the European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition study. Am J Clin Nutr. 2007; 86(3):672-681.
  23. Dahan K et al. Lycopene in the prevention of prostate cancer. J Soc Integr Oncol. 2008; 6(1):29-36. 24. WHO GLOBOCAN DATABASE. http://globocan.iarc.fr/factsheets/cancers/colorectal.asp
  24. Bostick R. Diet and nutrition in the prevention of colon cancer. In: Bendich A, Deckelbaum RJ, eds. Preventive Nutrition: The Comprehensive Guide for Health Professionals. 2nd ed. Totowa: Humana Press, Inc; 2001:57-95.
  25. Bonithon-Kopp C. et al. Calcium and fibre supplementation in prevention of colorectal adenoma recurrence: a randomised intervention trial. European Cancer Prevention Organisation Study Group. Lancet. 2000; 356(9238):1300-1306.
  26. Baron J. A. et al. Calcium supplements and colorectal adenomas. Polyp Prevention Study Group. Ann N Y Acad Sci. 1999; 889:138-145.
  27. Grau M. V. et al. Prolonged effect of calcium supplementation on risk of colorectal adenomas in a randomized trial. J Natl Cancer Inst. 2007; 99(2):129-136.
  28. Cho E. et al. Dairy foods, calcium, and colorectal cancer: a pooled analysis of 10 cohort studies. J Natl Cancer Inst. 2004; 96(13):1015-1022.
  29. Ma J. et al. Milk intake, circulating levels of insulin-like growth factor-I, and risk of colorectal cancer in men. J Natl Cancer Inst. 2001; 93(17):1330-1336.
  30. Giovannucci E. et al. Calcium and fructose intake in relation to risk of prostate cancer. Cancer Res. 1998; 58(3):442-447.
  31. Chan J. M. et al. Dairy products, calcium, and prostate cancer risk in the Physicians' Health Study. Am J Clin Nutr. 2001; 74(4):549-554.
  32. Mitrou P. N. et al. A prospective study of dietary calcium, dairy products and prostate cancer risk (Finland). Int J Cancer. 2007; 120(11):2466-2473.
  33. Chan J. M. and Giovannucci E. L. Dairy products, calcium, and vitamin D and risk of prostate cancer. Epidemiol Rev. 2001; 23(1):87-92.
  34. Vlajinac H. D. et al. Diet and prostate cancer: a case-control study. Eur J Cancer. 1997; 33(1):101-107.
  35. Gao X. et al. Prospective studies of dairy product and calcium intakes and prostate cancer risk: a meta-analysis. J Natl Cancer Inst. 2005; 97(23):1768-1777.
  36. Severi G. et al. Re: Prospective studies of dairy product and calcium intakes and prostate cancer risk: a meta-analysis. J Natl Cancer Inst. 2006; 98(11):794-795 (author reply).
  37. Palli D. Epidemiology of gastric cancer: an evaluation of available evidence. J Gastroenterol. 2000; 35(12):84-89.
  38. Tsugane S. Salt, salted food intake, and risk of gastric cancer: epidemiologic evidence. Cancer Sci. 2005; 96(1):1-6.
  39. Liu C. and Russell R. M. Nutrition and gastric cancer risk: an update. Nutr Rev. 2008; 66(5):237-249.
  40. Cohen A. J.and Roe F. J. Evaluation of the aetiological role of dietary salt exposure in gastric and other cancers in humans. Food Chem Toxicol. 1997; 35(2):271-293.
  41. Hirohata T. and Kono S. Diet/nutrition and stomach cancer in Japan. Int J Cancer. 1997; Suppl 10:34-36.
  42. Food and Nutrition Board, Institute of Medicine. Iron. Dietary reference intakes for vitamin A, vitamin K, boron, chromium, copper, iodine, iron, manganese, molybdenum, nickel, silicon, vanadium, and zinc. Washington D.C.: National Academy Press; 2001:290-393.
  43. Kato I. et al. Iron intake, body iron stores and colorectal cancer risk in women: a nested case-control study. Int J Cancer. 1999; 80(5):693-698.
  44. Wurzelmann J. I. et al. Iron intake and the risk of colorectal cancer. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 1996; 5(7):503-507.
  45. World Cancer Research Fund / American Institute for Cancer Research. Food, Nutrition, Physical Activity, and the Prevention of Cancer: a Global Perspective. Washington, D.C.: AICR; 2007.
  46. Bostick R. Diet and nutrition in the prevention of colon cancer. In: Bendich A, Deckelbaum RJ, eds. Preventive Nutrition: The Comprehensive Guide for Health Professionals. 2nd ed. Totowa: Humana Press, Inc; 2001:57-95.
  47. Combs G. F. Jr. and Gray W. P. Chemopreventive agents: selenium. Pharmacol Ther. 1998; 79(3): 179-192.
  48. Ip C. Lessons from basic research in selenium and cancer prevention. J Nutr. 1998; 128(11):1845-1854.
  49. Whanger P. D. Selenium and its relationship to cancer: an update. Br J Nutr. 2004; 91(1):11-28.
  50. Garland M. et al. Prospective study of toenail selenium levels and cancer among women. J Natl Cancer Inst. 1995; 87(7):497-505.
  51. Yu M. W. et al. Plasma selenium levels and risk of hepatocellular carcinoma among men with chronic hepatitis virus infection. Am J Epidemiol. 1999; 150(4):367-374.
  52. Knekt P. et al. Is low selenium status a risk factor for lung cancer? Am J Epidemiol. 1998; 148(10): 975-982.
  53. Zhuo H. et al. Selenium and lung cancer: a quantitative analysis of heterogeneity in the current epidemiological literature. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2004; 13(5):771-778.
  54. Yoshizawa K. et al. Study of prediagnostic selenium level in toenails and the risk of advanced prostate cancer. J Natl Cancer Inst. 1998; 90(16):1219-1224.
  55. Nomura A. M. et al. Serum selenium and subsequent risk of prostate cancer. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2000; 9(9):883-887.
  56. Brooks J. D. et al. Plasma selenium level before diagnosis and the risk of prostate cancer development. J Urol. 2001; 166(6):2034-2038.
  57. Peters U. et al. Serum selenium and risk of prostate cancer-a nested case-control study. Am J Clin Nutr. 2007; 85(1):209-217.
  58. Ghadirian P. et al. A case-control study of toenail selenium and cancer of the breast, colon, and prostate. Cancer Detect Prev. 2000; 24(4):305-313.
  59. Brinkman M. et al. Are men with low selenium levels at increased risk of prostate cancer? Eur J Cancer. 2006; 42(15):2463-2471.
  60. Lawson K. A. et al. Multivitamin use and risk of prostate cancer in the National Institutes of Health-AARP Diet and Health Study. J Natl Cancer Inst. 2007; 99(10):754-764.
  61. Yu S. Y. et al. Protective role of selenium against hepatitis B virus and primary liver cancer in Qidong. Biol Trace Elem Res.1997; 56(1):117-124.
  62. Duffield-Lillico A. J. et al. Selenium supplementation, baseline plasma selenium status and incidence of prostate cancer: an analysis of the complete treatment period of the Nutritional Prevention of Cancer Trial. BJU Int. 2003; 91(7):608-612.
  63. Duffield-Lillico A. J. et al. Selenium supplementation and secondary prevention of nonmelanoma skin cancer in a randomized trial. J Natl Cancer Inst. 2003; 95(19):1477-1481.
  64. Reid M. E. et al. Selenium supplementation and lung cancer incidence: an update of the nutritional prevention of cancer trial. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2002; 11(11):1285-1291.
  65. Klein E. A. et al. SELECT: the Selenium and Vitamin E Cancer Prevention Trial: rationale and design. Prostate Cancer Prostatic Dis. 2000; 3(3):145-151.
  66. Clark L. C. and Marshall J. R. Randomized, controlled chemoprevention trials in populations at very high risk for prostate cancer: Elevated prostate-specific antigen and high-grade prostatic intraepithelial neoplasia. Urology. 2001; 57(4 Suppl 1):185-187.
  67. National Cancer Institute. Review of Prostate Cancer Prevention Study Shows No Benefit for Use of Selenium and Vitamin E Supplements. Available at: http://www.cancer.gov/newscenter/pressreleases/SELECTresults2008.
  68. Lippman S. M. et al. Effect of selenium and vitamin E on risk of prostate cancer and other cancers: the Selenium and Vitamin E Cancer Prevention Trial (SELECT). JAMA. 2009; 301(1):39-51.
  69. Gerber M. Background review paper on total fat, fatty acid intake and cancers. Ann Nutr Metab. 2009; 55:140–161.
  70. Hall M. N. et al. A 22-year prospectivestudy of fish, n-3 fatty acid intake, and colorectal cancer risk in men. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2008; 17:1136–1143.
  71. Gerber M. et al. Profiles of a healthy diet and its relationship with biomarkers in a population sample from Mediterranean Southern France. J Amer Diet Assoc. 2000; 100:1164–1171.
  72. Moreira A. P. et al. Fish oil ingestion reduces the number of aberrant crypt foci and adenoma in 1,2-dimethylhydrazine-induced colon cancer in rats. Braz J Med Biol Res. 2009; 42:1167–1172.
  73. Allred C. D. et al. PPARgamma1 as a molecular target of eicosapentaenoic acid in human colon cancer (HT-29) cells. J Nutr. 2008; 138:250–256.
  74. Giros A. et al. Regulation of colorectal cancer cell apoptosis by the n-3 polyunsaturated fatty acids docosahexaenoic and eicosapentaenoic. Cancer Prev Res (Phila). 2009; 2:732–742.
  75. Rogers K. R. et al. Docosahexaenoic acid alters epidermal growth factor receptorrelated signaling by disrupting its lipid raft association. Carcinogenesis. 2013; 31:1523–1530.
  76. Galli C. and Calder P. C. Effects of fat and fatty acids intake on inflamatory and immune responses. A critical review. Ann Nutr Metab. 2009; 55:123–139.
  77. Kimura Y. et al. Meat, fish and fat intake in relation to subsite-specific risk of colorectal cancer: The Fukuoka Colorectal Cancer Study. Cancer Sci. 2007; 98:590–597.
  78. Theodoratou E. et al. Dietary fatty acids and colorectal cancer: a case-control study. Am J Epidemiol. 2007; 166:181–195.
  79. Kim S. et al. Intake of polyunsaturated fatty acids and distal large bowel cancer risk in whites and African Americans. Am J Epidemiol.2010; 171:969–979.
  80. Daniel C. R. et al. Dietary intake of omega-6 and omega-3 fatty acids and risk of colorectal cancer in a prospective cohort of U.S. men and women. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2009; 18:516–525.
  81. Butler L. M. et al. Marine n-3 and saturated fatty acids in relation to risk of colorectal cancer in Singapore Chinese: a prospective study. Int J Cancer. 2009; 124:678–686.
  82. Hall M. N. et al. Blood levels of longchain polyunsaturated fatty acids, aspirin, and the risk of colorectal cancer. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2007; 16:314–321.
  83. Hall M. N et al. A 22-year prospective study of fish, n-3 fatty acid intake, and colorectal cancer risk in men. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2008; 17:1136–1143.
  84. Sasazuki S. et al. Prospective study group intake of n-3 and n-6 polyunsaturated fatty acids and development of colorectal cancer by subsite: Japan public health center-based prospective study. Int J Cancer. 2011; 129(7):1718-1729.
  85. Shannon J. et al. Erythrocyte fatty acids and prostate cancer risk: a comparison of methods. Prostaglandins Leukot Essent Fatty Acids. 2010; 83:61–169.
  86. Park S. Y. et al. Fat and meat intake and prostate cancer risk: The multiethnic cohort study. Int. J Cancer. 2007; 121:1339–1345.
  87. Fradet V. et al. Dietary omega-3 fatty acids, yclooxygenase-2 genetic variation, and aggressive prostate cancer risk. Clin Cancer Res. 2009; 15:559–2566.
  88. Chavarro J. E. et al. A prospective study of polyunsaturated fatty acid levels in blood and prostate cancer risk. Cancer Epidemiol. Biomarkers Prev. 2007; 16:1364–1370.
  89. Wallstrom P. et al. A prospective study on dietary fat and incidence of prostate cancer (Malmo, Sweden). Cancer Causes Control. 2007; 18:1107–1121.
  90. Kuriki K. et al. Breast cancer risk and erythrocyte compositions of n-3 highly unsaturated fatty acids. Japanese Int J Cancer. 2007; 121, 377–385.
  91. Kim J. et al. Fatty fish and fish omega-3 fatty acid intakes decrease the breast cancer risk: a case-control study. BMC Cancer. 2009; 30:216–226.
  92. Shannon J. et al. Erythrocyte fatty acids andrisk of proliferative and nonproliferativefibrocystic disease in women in Shanghai, China. AmJ Clin Nutr. 2009; 89:265–276.
  93. Shannon J. et al. Erythrocyte fatty acids and breast cancer risk: a case-control study in Shanghai. China. Am J Clin Nutr. 2007; 85:1090–1097.
  94. Murff H. J. et al. Dietary polyunsaturated fatty acids and breast cancer risk in Chinese women: a prospective cohort study. Int J Cancer. 2011; 128:1434–1441.
  95. Brasky T. M. et al. Specialty supplements and breast cancer risk in the VITamins And Lifestyle (VITAL) Cohort. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2010; 19:1696–1708.
  96. Thiébaut A. C. M. et al. Dietary intakes of v-6 and v-3 polyunsaturated fatty acids and the risk of breast cancer. Int J Cancer. 2008; 124:924–931.
  97. Witt P. M. et al. Marine n-3 polyunsaturated fatty acids in adipose tissue and breast cancer risk: a case- cohort study from Denmark. Cancer Causes Control. 2009; 20:1715–1721.
  98. Saadatian-Elahi M. et al. Biomarkers of dietary fatty acid intake and the risk of breast cancer: a meta-analysis. Int J Cancer. 2004; 111:584–591.
  99. Kuriki K. et al. Gastric cancer risk and erythrocyte composition of docosahexaenoic acid with anti-inflammatory effects. Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2007; 16:2406–2415.
  100. Veierød M. B. et al. Dietary fat intake and risk of lung cancer: a prospective study of 51,452 Norwegian men and women. Eur J Cancer Prev. 1997; 6:540–549.
  101. Weijenberg M. P. et al. Dietary fat and risk of colon and rectal cancer with aberrant MLH1 expression, APC or KRAS genes. Cancer Causes Control. 2007; 18: 865–879.
  102. Gerber M. Omega-3 fatty acids and cancers: a systematic update review of epidemiological studies. BJN. 2012; 107:228-239.