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Micronutrientes en el desarrollo humano: parte 2

agosto 1, 2013

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La mejora de las condiciones de vida (gracias a una atención médica, higiene y alimentación mejoradas) ha hecho posible que hoy en día una mayor parte de la población de los países industrializados viva más tiempo que hace unas pocas décadas. Sin embargo, vivir más hoy en día no significa necesariamente vivir mejor. El proceso de envejecimiento consiste en un deterioro inevitable de los sistemas del cuerpo humano, aunque se puede influir en la velocidad de dicho proceso. Los cambios relacionados con el proceso de envejecimiento son más una consecuencia de nuestro estilo de vida que de nuestra edad. Muchas enfermedades degenerativas pueden ser la consecuencia del estrés físico provocado por una mala alimentación, un alto consumo de alcohol o tabaco o poco ejercicio físico. Un modo de vida sano que contribuya a una vejez saludable incluye un consumo adecuado de micronutrientes tales como vitaminas, minerales, oligoelementos y ácidos grasos esenciales.

Puesto que, en la segunda mitad de la vida, el mantenimiento y el fomento de la forma física y mental es de creciente interés para mucha gente, es más común observar que el consumo de micronutrientes, especialmente en la tercera edad, es insuficiente. Las razones para esto pueden ser cambios en los hábitos alimen-tarios o problemas para digerir ciertos alimentos (1). El consumo deficiente de micronutrientes puede repercutir de forma negativa en el rendimiento físico y mental y acelerar el proceso de envejecimiento así como la aparición de proble-mas de salud como enfermedades coronarias o accidentes cardiovasculares,aterosclerosis, enfermedades infecciosas, cáncer o osteoporosis. Un consumo adecuado de micronutrientes desde el principio de la vida puede contribuir a prevenir enfermedades relacionadas con la edad o a hacer que se den en edades más avanzadas, ya que protege los sistemas de los órganos. Compensar las deficiencias de micronutrientes es importante hasta una edad avanzada (2).


El sistema cardiovascular

La función del sistema cardiovascular es suministrar sangre a todas las células del cuerpo durante toda la vida. Debido a su dura labor, este sistema se desgasta a lo largo del tiempo. Así, de forma paulatina, el tejido muscular del corazón se modifica: la proporción del tejido conectivo aumenta y por lo tanto el corazón no puede bombear con tanta fuerza, con lo que el rendimiento físico de las personas disminuye. Asimismo, las células necesarias para un bombeo regular del sistema de conducción del corazón se ven sustituidas en parte por tejido conectivo, lo que puede dar lugar a arritmias cardiacas. Ya a partir de los 30 años de edad, las paredes de los vasos sanguíneos comienzan a cambiar. Debido a una aterosclerosis más o menos pro-nunciada, disminuye la elasticidad de las arterias y por lo tanto su capacidad de equilibrar las fluctuaciones de la presión arterial mediante los cambios en su diámetro y en su dilatación. Por eso, a menudo las perso-nas de edad avanzada presentan una presión arterial alta constante. Los cambios en los vasos sanguíneos y la fuerza de bombeo reducida del corazón dan lugar a un suministro reducido en los músculos cardiacos de oxígeno y nutrientes. Como consecuencia de estos cambios normales del sistema cardiovascular relaciona-dos con la edad, se pueden desarrollar diversos trastornos. La duración del funcionamiento correcto del corazón y los vasos sanguíneos depende de una interacción entre la predisposición genética individual y la presencia de factores externos nocivos. Entre estos factores se encuentran algunos que no se pueden cambiar (como el género o la edad), otros que se pueden tratar con medicación (como la presión sanguínea elevada o la diabetes) y finalmente aquellos en los que se puede influir a través del estilo de vida. Entre las medidas que se pueden tomar para contribuir a la salud del corazón y de los vasos sanguíneos (además de la actividad física regular y evitar el estrés y el tabaco) se encuentra una dieta equilibrada que garantice un consumo adecuado de micronutrientes.

Puesto que hay muchos micronutrientes que participan en las funciones elementales del sistema cardiovas-cular, es importante un consumo adecuado de estos a lo largo de la vida para el mantenimiento de la salud del corazón y de los vasos sanguíneos. Puesto que con la edad aumenta el riesgo de aparición de enferme-dades cardiovasculares crónicas, la investigación de los posibles efectos preventivos de los micronutrientes es de gran interés. Los estudios sobre su prevención son complejos y sus resultados a menudo no son concluyentes, ya que la aparición de enfermedades cardiovasculares se ve influida por numerosos factores. Las principales causas de ataque al corazón y accidente cardiovascular son la presión arterial alta y la aterosclerosis, que a largo plazo llevan a un endurecimiento y estrechamiento de las paredes arteriales y por lo tanto a un suministro de sangre reducido a órganos como el corazón y el cerebro. Los hallazgos de las investigaciones demuestran que determinados nutrientes antioxidantes (como la vitamina E C, así como los carotenoides betacaroteno y licopeno y el selenio) pueden contrarrestar el proceso aterosclerótico. Los antioxidantes evitan que las partículas conocidas como lipoproteínas de baja densidad ( LDL por sus siglas en inglés) del colesterol se oxiden a través de los radicales libres. Esto es muy importante, ya que el colesterol LDL oxidado puede llevar a la adhesión de macrófagos y, a través de la aparición de las conocidas como células espumosas, provocar la acumulación de placa en las paredes arteriales. En consecuencia, los micronutrientes antioxidantes podrían prevenir la formación de placa y por lo tanto el estrechamiento de los vasos sanguíneos (3). Además, los nutrientes podrían limitar los procesos inflamatorios en las paredes de los vasos sanguíneos, procesos que reforzarían la placa ya existente, estrechando aún más los vasos sanguí-neos hasta llegar a la oclusión. Además, la vitamina E parece ser capaz de evitar otras características de los cambios ateroscleróticos de las paredes vasculares: la vitamina E contrarresta el crecimiento y la prolifera-ción de las células musculares lisas vasculares, la adhesión de macrófagos a la pared vascular (endotelio) y la agregación plaquetaria (formación de trombos) y contribuye así a la salud vascular.

Aunque los resultados de los experimentos in vitro y con animales, así como algunos estudios observacio-nales, indican que un consumo de antioxidantes específicos podría reducir el riesgo de aterosclerosis y de enfermedades derivadas de esta como la insuficiencia cardíaca, el fallo cardiaco, el infarto y el accidente cardiovascular (4, 5), otros estudios epidemiológicos y clínicos han producido resultados contradictorios (6). Especialmente la vitamina C, en concreto, mostró un potencial efecto preventivo (7, 8). Los estudios epide-miológicos indicaron que unas altas concentraciones de betacaroteno en sangre reducen el riesgo de aterosclerosis (9) y unos niveles en suero bajos podrían aumentar el riesgo de muerte cardiaca súbita (10) y de insuficiencia cardiaca congestiva (11). También existen datos que señalan el efecto protector del licopeno en cuanto a los accidentes cerebrovasculares (12). Por otro lado, existe evidencia preliminar de que unos niveles bajos de selenio en sangre pueden contribuir a la insuficiencia cardiaca (13).

Los estudios sugieren que los niveles elevados del aminoácido homocisteína en sangre tienen un efecto nocivo (contribuyendo a la aterosclerosis) para las arterias similar al de los niveles altos de colesterol LDL. Sobre el folato, se sabe que puede reducir, en especial en combinación con la vitamina B6 y la B12 , las concentraciones de homocisteína en sangre. Según los estudios, un mayor consumo de vitamina B podría proteger de los accidentes cerebrovasculares (14).

Un consumo adecuado de vitamina D también parece contribuir a la salud del sistema cardiovascular. Puesto que la capacidad de la piel de formar esta vitamina a través de los rayos UV disminuye con la edad y la población de edad avanzada se expone con poca frecuencia al sol, existe un mayor riesgo de presentar niveles subóptimos o deficiencia de vitamina D para las personas de avanzada edad (15). Los experimentos in vitro sugieren que la vitamina D puede contribuir a la elasticidad de los vasos sanguíneos y por lo tanto a contrarrestar la presión arterial alta. Cada vez más estudios sugieren que unos niveles de vitamina D en sangre bajos (por debajo de los 30 ng/ml) podrían tener relación con un mayor riesgo de presión arterial alta, aterosclerosis coronaria, insuficiencia cardiaca, infarto y accidente cerebrovascular (16-18). Por otro lado, el aumento de los niveles de vitamina D a través de la suplementación en pacientes cardiovasculares se relacionó con una disminución de la mortalidad relacionada con dicha enfermedad (19).

El magnesio también parece tener un efecto positivo en la elasticidad vascular y por lo tanto en la regulación de la presión arterial. Se ha demostrado que las dosis específicas de este mineral como terapia adyuvante podría aumentar la eficacia de los medicamentos antihipertensivos (20). Los resultados de un estudio de cohortes sugirieron que un mayor consumo de magnesio podría reducir la mortalidad por enfermedad cardiovascular (21). Un consumo adecuado de hierro, que es esencial para la formación y el funcionamiento de glóbulos rojos, contribuye al suministro de oxígeno a los órganos. El rendimiento del corazón también depende de un consumo de hierro adecuado. La insuficiencia cardiaca se relaciona a menudo con la deficiencia de hierro (con o sin anemia) (22).

Un número creciente de resultados de estudios indica que las propiedades de los ácidos grasos esenciales poliinsaturados ácido docosahexaenoico (DHA) y ácido eicosapentaenoico (EPA) contribuyen a la salud cardiovascular y pueden reducir el riesgo de enfermedad. Es posible que contrarresten las arritmias cardiacas (riesgo de muerte súbita cardiaca), la formación de coágulos sanguíneos y de placa ateroscleró-tica, que reduzcan los niveles de triglicéridos, que reduzcan los procesos inflamatorios en las paredes de los vasos sanguíneos y que mejoren su función (23). Hasta ahora no se ha estudiado suficientemente hasta qué punto los ácidos grasos omega-3 pueden proteger de la incidencia de enfermedades cardiovasculares (24). Una serie de estudios ha sugerido que el consumo de una cantidad adecuada de DHA y EPA, ya sea a través de pescado o de suplementos de aceite de pescado, podría estar relacionado con la disminución de la muer-te cardiaca (súbita) y la mortalidad general (25, 26).


El sistema nervioso

Conforme avanza la edad, las funciones del sistema nervioso autónomo se van restringiendo. Este sistema, a través de sus principales componentes: el sistema simpático y el parasimpático, se encarga de la regula-ción de la presión arterial, el azúcar en sangre y la temperatura, así como de todas las funciones vitales. La principal razón para el aumento de los problemas de salud relacionados con el sistema nervioso son los procesos degenerativos, que causan la pérdida de las células nerviosas. También pueden afectar los factores externos, que pueden influir a lo largo de los años ejerciendo un efecto nocivo en los nervios. Por ejemplo, la ausencia de actividad física y una alimentación no equilibrada tienen una influencia primordial. También el cerebro se ve afectado por el proceso de envejecimiento. Además de la disminución del número de células nerviosas (p. ej., los astrocitos, que participan en el intercambio de nutrientes entre las neuronas y la sangre en la barrera hematoencefálica) se da una disminución de las concentraciones de neurotransmisores y el engrosamiento del tejido conectivo de las meninges. Aún no está claro hasta qué punto estos cambios orgánicos repercuten en las funciones del sistema nervioso. La medida en que se reduce la capacidad cognitiva (percepción, pensamiento, reconocimiento y memoria) con la edad varía mucho de una persona a otra. Se pueden dar cambios más o menos pronunciados como un procesamiento de la información y una actividad motora ralentizados, una disminución de la atención y unos patrones de sueño alterados. El deterioro significativo de las funciones cerebrales suele deberse por lo general a cambios patológicos (p. ej., trastornos de la circulación por aterosclerosis o pérdida de independencia por la enfermedad de Alzheimer). Cuando mueren células nerviosas del cerebro por el proceso de envejecimiento, enfermedades u otras condiciones o cuando sus funciones se ven afectadas, a menudo otras zonas del cerebro pueden cumplir sus funciones, al menos en parte. El cerebro (y por lo tanto el sistema nervioso) es hasta la vejez un órgano flexible y adaptable, pero sobre todo entrenable y capaz de aprender, que necesita un consumo adecuado de micronutrientes (27).

Para las células y tejidos del sistema nervioso y el cerebro, así como para otros órganos, protegerse del daño oxidativo es de gran importancia. Una alta concentración de radicales libres a largo plazo se relaciona con una pérdida acelerada de las capacidades cognitivas. El organismo contrarresta el estrés oxidativo que daña las células nerviosas con el sistema de defensa antioxidante del cuerpo así como a través de los antioxidantes suministrados a través de la alimentación. Aunque hasta ahora las pruebas sobre los efectos preventivos de los micronutrientes antioxidantes se basan en estudios de laboratorio o con animales, muchos investigadores creen que una alimentación equilibrada con mucha vitamina C y Ebetacaroteno así como con otros antioxidantes contribuye de forma significativa a la protección del sistema nervioso ante el daño oxidativo (28). Así, numerosos estudios han medido altas concentraciones en sangre de antioxidan-tes como el betacaroteno y otros carotenoides en personas de edad avanzada con capacidades cognitivas relativamente buenas (29). Además de sus propiedades antioxidantes, algunos nutrientes tienen la capa-cidad de mediar en otras funciones para la conservación de la salud del sistema nervioso. La vitamina E podría actuar como sensor de redoxy regulador de la expresión génica y contribuir a la transmisión de señales entre células nerviosas (30). Asimismo, la vitamina C parece actuar como mediador en el aprendi-zaje (especialmente bajo estrés) y la memoria (31).

En cuanto a la vitamina B folato y vitamina B12, los datos de los estudios epidemiológicos revelan su efecto preventivo del deterioro cognitivo y la demencia (32). En personas con altas concentraciones de homocisteína y bajas concentraciones de vitamina B en sangre, podría darse una pérdida acelerada de las capacidades cognitivas y un mayor riesgo de sufrir demencia o Alzheimer (33).

Para el correcto funcionamiento del sistema nervioso y el cerebro es indispensable un suministro suficiente de sangre a los tejidos y un buen suministro de oxígeno a las células. La vitamina D, el magnesio y los ácidos grasos omega-3 ácido docosahexaenoico (DHA) y ácido eicosapentaenoico (EPA) contribuyen a esto mediante la protección de los vasos sanguíneos (15, 34). El hierro desempeña un papel central en el transporte de oxígeno y por lo tanto contribuye especialmente a la actividad cerebral, por su enorme demanda de oxígeno. La falta de hierro en personas de edad avanzada a menudo se da junto con trastornos depresivos (35).


El sistema inmunitario

En numerosos órganos ya desarrollados se pueden encontrar células capaces de dividirse (las llamadas células madre adultas), que contribuyen a la renovación de los tejidos y pueden renovarse constantemente. Las células madre adultas de la médula ósea, por ejemplo, forman continuamente células sanguíneas, entre las que se encuentran los glóbulos rojos y los blancos (como los linfocitos), que son células de defensa del sistema inmunitario específico del propio cuerpo. Desde hace un tiempo se sabe que las células madre de la sangre pierden su función con la vejez. Aunque las células madre pertenecen a las células más longevas de las personas, con el tiempo se ven más y más afectadas por los daños al ADN, lo que lleva a que pierdan su capacidad de renovarse continuamente. En concreto las células madre de la sangre que el sistema inmuni-tario renueva son especialmente vulnerables y, en consecuencia, acusan de forma especial los daños del ADN relacionados con la edad. Además, se supone que con la edad se empiezan a dar fallos en la comuni-cación del sistema inmunitario: ciertos fagocitos (granulocitos) parecen activarse cada vez con más dificultad por los mensajeros del cuerpo, permanecen más tiempo inactivos y aumentan así las probabilidades de que las infecciones se extiendan. Estos cambios relacionados con la edad hacen que el sistema inmunitario se debilite lentamente y que las personas de edad avanzada vivan con un mayor riesgo de infecciones. Las personas mayores se ven a menudo afectadas por infecciones respiratorias (bronquitis y neumonía) e infecciones virales (herpes zóster). Además, las células del cuerpo alteradas de forma patológica no se detectan ni destruyen de forma efectiva y el riesgo de cáncer también aumenta. Un suministro adecuado de micronutrientes puede ayudar a contrarrestar el debilitamiento del sistema inmunitario.

En los estudios realizados con la vitamina D y C así como con zinc y ácidos grasos omega-3 se observó en primera instancia una protección del sistema inmunitario contra infecciones respiratorias, que pueden convertirse rápidamente en una amenaza para la vida de personas de edad avanzada (p. ej., la neumonía). Además, existen pruebas sobre la vitamina D y E de un posible papel de los ácidos grasos omega-3 en la prevención y tratamiento de las enfermedades reumáticas inflamatorias (36).

La vitamina D protege el sistema inmunitario afectando a la función y a la actividad de las células killer (linfocitos T). Esta vitamina parece activar estas células y estimularlas para que se dividan, de modo que la defensa inmune se fortalece. Los linfocitos T forman receptores de reconocimiento de la vitamina D en la superficie de la célula tras el contacto con patógenos. Al contacto con la vitamina D se da una gran prolife-ración de las células inmunes. Cuando existe una carencia de vitamina D, no se da esta reacción de activación, el sistema inmunitario se debilita y el organismo es más propenso a las infecciones. Puesto que las personas de avanzada edad son un grupo de riesgo de deficiencia de vitamina D, se puede dar un debilitamiento aún mayor de las defensas ya mermadas por la edad que pueden producir el aumento de la frecuencia y la gravedad de las infecciones (p. ej., de los resfriados). Por eso, rectificar la deficiencia a través de un mayor consumo de vitamina D puede reducir la incidencia de infecciones respiratorias (37).
A largo plazo, la vitamina D puede contribuir a la supresión y curación de los procesos inflamatorios y fomentar así, por ejemplo, la producción de proteínas antiinflamatorias (citoquinas) (15). Al parecer, esta vitamina también puede contrarrestar el deterioro de la función defensora de los glóbulos blancos, consecuencia de la edad (38).

Por otro lado, la vitamina A parece beneficiar al sistema inmunitario a través de la activación de los linfo-citos T (39). Además, la vitamina E también puede influir de forma positiva en estos linfocitos (40). El efecto antiviral (en especial contra el virus de la gripe) de la vitamina C actúa gracias a la producción de proteínas estimulantes del sistema inmunitario (interferones) y parece actuar incluso en fases muy tempra-nas de la infección (41). Las personas mayores que sufren infecciones o diabetes mellitus tienen una mayor necesidad de vitamina C, algo que ocurre también en el caso de los fumadores.

Los ácidos grasos omega-3 ácido docosahexaenoico (DHA) y ácido eicosapentaenoico (EPA), como precursores de los mediadores, influyen en las reacciones inmunes específicas y no específicas. De este modo, diversas hormonas tisulares (eicosanoides) complementadas por los ácidos grasos omega refuerzan el sistema inmunitario. El eicosanoide prostalglandina, por ejemplo, puede regular la función de las células inmunes (monocitos y macrófagos). El EPA puede reducir la producción de mediadores de la inflamación
(p. ej., interleuquina y factores de necrosis tumoral) e influir de forma positiva en los procesos inflamatorios, que son aumentan en personas de edad avanzada (42).

También se pueden conseguir efectos beneficiosos en el sistema inmunitario a través de un consumo ade-cuado de zinc y de magnesio. Algunos estudios sobre el zinc mostraron una reducción de las tasas de infección en personas de edad avanzada (43). En los estudios se observó que el magnesio estimula el sistema inmunitario y que puede inhibir los mediadores proinflamatorios (44).



El sistema musculoskeletal

Los cambios relacionados con la edad en los componentes del aparato locomotor (tanto los huesos y las articulaciones como los músculos y el tejido conectivo) se dan en todo el mundo en distinto grado. Una vez que la masa ósea alcanza un pico cerca de los treinta años de edad, se da una continua disminución de la masa ósea, conocida como osteoporosis senil: la remodelación ósea de la parte externa, compacta del hueso y del interior esponjoso de éste hace que los huesos se vuelvan más frágiles y que aumente el riesgo de fractura. Por otro lado, las mujeres tienen un riesgo aún mayor después de la menopausia, puesto que se da una disminución de la producción de estrógenos que favorece la aparición de la osteoporosis. Los hábitos propios de las personas mayores a menudo aumentan la pérdida de masa ósea: en algunos casos no se da un consumo suficiente de calcio y de vitamina D, en otros casos hay una pronunciada falta de actividad física. La tensión constante de las articulaciones hace que a lo largo de la vida la capa de cartílago se haga más delgada a la vez que pierde su elasticidad. Como resultado, la movilidad de las articulaciones se ve limitada. Además, los músculos también sufren el proceso de envejecimiento: pierden cerca de un 0,5% de masa al año. La masa que pierden se ve sustituida normalmente por tejido adiposo y esto disminuye la potencia muscular. Por último, el tejido conectivo (tendones y ligamentos) se ve también afectado: pierde elasticidad, con lo que la movilidad se ve cada vez más limitada.

La importancia de un consumo adecuado de calcio y de vitamina D para el mantenimiento de la salud ósea está bien documentada científicamente. La vitamina D es necesaria para la incorporación del calcio y el fosfato a los huesos (mineralización) y regula la absorción de minerales en los intestinos y su recuperación a partir de la pre-orina en los riñones. Cuando existe una deficiencia de vitamina D, el calcio no puede ser absorbido en los intestinos. Si descienden los niveles de calcio en sangre, el mineral se libera desde los huesos para proporcionar un suministro adecuado al corazón y los músculos. Para el esqueleto, la conse-cuencia de esto es que ya no puede haber suficiente calcio en los huesos. Un consumo insuficiente de vitamina D es común y puede provocar osteomalacia en los adultos, lo que da lugar a dolor severo de huesos y de músculos, así como a debilidad muscular, especialmente al estar de pie o caminar (15). La deficiencia de vitamina D no solo da lugar a la disminución de la masa ósea, sino que también hace que la capa exterior del hueso (hueso cortical) envejezca prematuramente y esto aumenta el riesgo de fractura (45). Numerosos estudios aleatorizados controlados han demostrado que un consumo determinado de vitamina D podía disminuir la frecuencia de las fracturas óseas, en especial de cadera. La vitamina D no solo fortalece los huesos, sino también los músculos circundantes (46). De esto se benefician en especial las personas de avanzada edad, en los que se dan muy a menudo niveles bajos de vitamina D y tienen un riesgo de osteoporosis especialmente alto (47). Por otra parte, también es necesario para un metabolismo óseo sano un consumo adecuado de fosfato, que junto con el calcio es uno de los componentes principales del hueso, así como de magnesio y vitamina K , que contribuye a la mineralización del hueso (48).

Los micronutrientes también son esenciales para el mantenimiento de la salud de las articulaciones. La vitamina C es importante para la formación del cartílago, el tejido que se encuentra en las articulaciones entre los huesos (49). Asimismo, un consumo adecuado de vitamina C se relacionó con un riesgo reducido de gota (una enfermedad inflamatoria de las articulaciones) y una reducción considerable de las concentra-ciones de ácido úrico en sangre, que puede producir gota (50). Unos niveles en sangre bajos de vitamina B6 parecen favorecer los procesos inflamatorios que pueden contribuir a la aparición de enfermedades de las articulaciones (51). La deficiencia de vitamina D, que en general se relaciona con la salud ósea, parece estar relacionada con el desgaste del cartílago articular (osteoartritis) y la aparición de enfermedades reumatoides de las articulaciones (artritis) (52, 53).

Numerosos estudios clínicos hallaron que un mayor consumo de ácidos grasos omega-3 en pacientes con artritis reumatoide o dolor de articulaciones podía causar una reducción del dolor, de la duración de la rigidez matinal, del número de articulaciones con dolor y sensibilidad, así como del consumo de analgésicos (54-56). El efecto se ha atribuido a las propiedades antiinflamatorias del ácido docoxahexaenoico (DHA) y el ácido eicosapentaenoico (EPA).

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