Tema del mes

Micronutrientes y depresión

febrero 1, 2012

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La depresión se ha convertido en una enfermedad muy extendida entre la población. Además de apatía y abatimiento, muchas de las personas deprimidas presentan también síntomas físicos, como complicaciones cardiovasculares y pérdida de apetito, que dificulta el aporte necesario de nutrientes. Como consecuencia, aquellos que sufran depresión corren el riesgo de padecer desnutrición en términos cuantitativos y cualitativos. Mientras que la relación entre nutrición y depresión es innegable, el debate gira en torno a en qué medida ciertas dietas específicas podrían influir de manera positiva en el inicio, evolución y gravedad de esta enfermedad mental. Numerosos estudios indican que una ingesta insuficiente de micronutrientes puede aumentar a largo plazo el riesgo de depresión.

Cuando la depresión ya está instaurada, el suministro de determinados micronutrientes parece mejorar los síntomas en muchos casos. El tratamiento con micronutrientes puede considerarse como monoterapia en casos leves, si bien lo normal es que se complete con fármacos. Algunos de los puntos que se contemplan al iniciar una terapia con micronutrientes son el efecto positivo en el metabolismo de los neurotransmisores, la tolerancia al estrés, la competencia inmunológica, la capacidad antioxidante y el metabolismo de la energía.



Depresión y nutrición

Se estima que una de cada cinco personas, con tendencia al alza, sufre a lo largo de su vida una depresión que requiere atención médica. Según cálculos de la OMS, en el año 2020 la depresión será uno de los padecimientos más comunes en los países desarrollados junto con las enfermedades cardiovasculares (1). La depresión afecta al doble de mujeres que de hombres, aumentando el riesgo con la edad.

Las causas de esta enfermedad son complejas, y en ella influyen factores biológicos, psicológicos, psicosociales y evolutivos. Desde el punto de vista neurobiológico, la depresión se ha asociado con una alteración en el funcionamiento de los neurotransmisores. La hipótesis más importante para el origen de la depresión, la hipótesis monoaminérgica, propone que esta afección está causada por una deficiencia de noradrenalina y/o serotonina y una desensibilización de los receptores correspondientes (2). Esto explica también la eficacia de los antidepresivos, ya que estos aumentan el tiempo de permanencia y la disponibilidad de estas monoaminas en el espacio sináptico.

Debido al cuadro clínico de la enfermedad, una parte de los afectados no está en condiciones de alimentarse adecuadamente y, por consiguiente, tampoco de ingerir una cantidad suficiente de micronutrientes, lo cual puede dar lugar a una malnutrición cualitativa o cuantitativa. Se ha confirmado que la dieta puede influir en los neurotransmisores cerebrales, por lo que una ingesta adecuada de micronutrientes, necesarios para la síntesis de los neurotransmisores en el cerebro, se considera imprescindible (3). Por otra parte, existe evidencia de que una dieta rica en carbohidratos mejora a largo plazo al estado de ánimo (2). El cerebro depende del suministro constante de glucosa (al menos 10 g/hora).

Para lograr una mejora del estado nutricional de las personas con depresión, es aconsejable consumir alimentos naturales y utilizar además suplementos de nutrientes específicos. Esto se aplica, sobre todo, en los casos en los que existan complicaciones (efectos secundarios o problemas de tolerancia) con la farmacoterapia. Los estudios han demostrado que el consumo diario de suplementos de determinados nutrientes podrían paliar los síntomas de depresión en pacientes (4).



Efecto de los micronutrientes Vitaminas B

Las células nerviosas satisfacen sus necesidades energéticas principalmente a través de la degradación oxidativa de los carbohidratos, razón por la cual la vitamina B1 es de vital importancia para abastecer de energía a las mismas. La vitamina B1 también interviene en la transmisión y conducción de impulsos y es necesaria para el metabolismo de varios neurotransmisores (serotonina, acetilcolina, ácido glutámico y GABA). En diversos estudios se ha podido demostrar que los suplementos de vitamina B1 contribuyen a mejorar el estado mental (mayor concentración y claridad mental) incluso en aquellos casos en los que no se detectó deficiencia de vitamina B1 (5, 6).

Las investigaciones han observado una mayor incidencia de deficiencia de ácido fólico en pacientes depresivos, manifestándose en alrededor de un tercio de las personas estudiadas. La deficiencia de ácido fólico disminuye la disponibilidad del neurotransmisor serotonina en el cerebro. Además, el déficit de ácido fólico y vitamina B12 puede elevar la concentración en sangre de homocisteína, que tiene un efecto neurotóxico (8). Varios estudios han señalado que la aparición de los síntomas depresivos está a menudo relacionada con unos niveles altos de homocisteína (9). En consecuencia, el suministro de ácido fólico podría producir una disminución del nivel de homocisteína y, por tanto, del riesgo de depresión. No obstante, aún no está claro si una concentración elevada de homocisteína interviene realmente en la aparición de la depresión. Según las conclusiones de una revisión acerca de los beneficios de la terapia con ácido fólico en el tratamiento de la depresión, la vitamina podría resultar eficaz como terapia coadyuvante antidepresiva (10). Existen múltiples evidencias de que la deficiencia de ácido fólico puede mermar significativamente la eficacia de los inhibidores de la recaptación de serotonina (11). Es por ello que la terapia con este tipo de psicofármacos debe complementarse con ácido fólico.

En las personas mayores existe una clara relación entre la concentración de vitamina B12 y el riesgo de sufrir depresión (12). Las personas de edad avanzada presentan a menudo unos niveles deficitarios o insuficientes de vitamina B12, debido a que la absorción de vitamina B12 es muy compleja y puede no llevarse a cabo correctamente. Por lo tanto, sería aconsejable determinar los niveles de vitamina B12 de estos pacientes, ya que una terapia puede ayudar a mejorar notablemente tanto su capacidad cerebral como su estado mental. Los estudios han mostrado que alrededor del 30 por ciento de los pacientes con depresión sometidos a tratamiento clínico manifestaban una carencia de vitamina B12 (13).

En algunas ocasiones se ha podido diagnosticar una deficiencia de vitamina B6 en casos de depresión. Esta vitamina desempeña un papel muy importante en el metabolismo de numerosos neurotransmisores y es necesaria para la formación de serotonina, noradrenalina, ácido glutámico y GABA. Sin embargo, ningún estudio ha podido demostrar hasta la fecha que el tratamiento específico con vitamina B6 influya de manera significativa en la depresión. Los suplementos de vitamina B6 sólo han probado ser eficaces en los síntomas depresivos del síndrome premenstrual (14). La vitamina B6 se suele emplear, junto con el ácido fólico y la vitamina B12, para reducir unos niveles elevados de homocisteíanemiana (15).


Vitamina Cy E Los trastornos mentales como la depresión (“depresión mayor”) están asociados con el estrés psicológico, pudiendo dar lugar a una mayor oxidación de los lípidos y, en consecuencia, a alteraciones en la composición de las membranas neuronales (16). Algunos antioxidantes como la vitamina C (17) y la vitamina E (18) podrían ejercer aquí una acción protectora contra el estrés oxidativo. Se ha demostrado que los pacientes depresivos presentan unos niveles más altos de peroxidación lipídica en el plasma (19). Asimismo se ha comprobado una mayor tendencia a la oxidación de los eritrocitos. Es probable, por tanto, que los pacientes depresivos tengan una mayor necesidad de antioxidantes. De ahí que la ingesta de vitamina C pueda resultar útil en la prevención y la terapia de los trastornos depresivos (20).

La vitamina C también participa en la síntesis de neurotransmisores ; por ejemplo, en la transformación del triptófano en 5-hidroxitriptófano o de la dopamina en noradrenalina. Otras de las funciones relevantes de la vitamina C para el estado de ánimo y el control del estrés es su participación en la síntesis de varias hormonas (neuropéptidos y glucocorticoides). La vitamina C tiene además un papel muy importante en el metabolismo del ácido fólico, siendo necesaria para su activación.


Vitamina D En los últimos años se han descubierto muchas nuevas funciones bioquímicas para la vitamina D que van mucho más allá del mantenimiento de la salud ósea. La vitamina D es una molécula reguladora muy común y versátil. Se ha demostrado que existen receptores de esta vitamina también en el cerebro. Por lo tanto, se requiere una cantidad suficiente de vitamina D para, por ejemplo, la producción de hormonas del estrés. Aún no está del todo claro cómo actúa la vitamina D en el metabolismo neuronal (21). A lo largo de los últimos años se ha comprobado que la deficiencia de vitamina D está alcanzando proporciones de epidemia, especialmente en los meses de invierno y en los países del hemisferio norte. Algunos estudios sugieren que los suplementos de vitamina D pueden ser de ayuda para aliviar la depresión invernal (22). Las personas mayores suelen tener unos niveles de vitamina D muy bajos, lo cual, unido a un mayor riesgo de sufrir osteoporosis y caídas, puede originar un peor estado de ánimo y un deterioro de las facultades mentales (23). Por otra parte, existen indicios de que el consumo selectivo de altas dosis de vitamina D podría mejorar los síntomas depresivos (24).


Ácidos grasos omega-3 El cerebro es el órgano más graso del cuerpo. La materia gris contiene un 50% de ácidos grasos poliinsaturados, de los cuales alrededor del 33% pertenecen a la familia de los ácidos grasos omega-3. Mientras que el ácido eicosapentaenoico (EPA, por sus siglas en inglés) desempeña un papel importante en el metabolismo cerebral como precursor de los eicosanoides que actúan como neurotransmisores y moduladores de la respuesta inmune, el ácido docosahexaenoico (DHA) es un componente fundamental de la estructura de las membranas neuronales. En los países industrializados occidentales se tiende a consumir mayores cantidades de ácidos grasos omega-6 que de omega-3. Como resultado, se producen alteraciones (como una disminución de la fluidez y la comunicación de las membranas de las células neuronales) que pueden estar relacionadas con los síntomas de depresión. Según esto, un escaso consumo de ácidos grasos y unas concentraciones bajas de eritrocitos y de ácidos grasos omega-3 en el plasma guardan relación con una mayor incidencia de depresión (25).

La administración de ácidos grasos omega-3 como terapia coadyuvante en combinación con antidepresivos podría resultar de utilidad, sobre todo en personas cuya alimentación es deficiente (26). Los datos disponibles actualmente sobre el efecto antidepresivo del EPA parecen ser mejores que los del DHA. A pesar de todo, no está claro si los suplementos de EPA y/o DHA son eficaces en pacientes con depresión en general o solo en aquellos que presentan una concentración inusualmente baja de estos ácidos grasos omega-3. Un estudio ha demostrado que la administración de 1 g diario de ácidos grasos omega-3 puede mejorar los síntomas depresivos en niños (27).


Minerales La depresión es también uno de los síntomas de la deficiencia de magnesio (28). Los iones de magnesio pueden bloquear ciertos receptores (NMDA) que parecen estar implicados en la aparición de la depresión. Las numerosas evidencias apuntan a que el magnesio podría contribuir a prevenir el estrés mental (29), evitando la secreción de la hormona adrenocorticotropa (ACTH) que se libera en mayores cantidades en situaciones de estrés.


Oligoelementos El selenio tiene funciones importantes en el metabolismo cerebral. Por eso, el cuerpo mantiene la concentración de selenio en el cerebro incluso cuando se produce un déficit en los órganos periféricos. Un nivel bajo de selenio tiene efectos negativos sobre la psique y puede estar asociado con una mayor incidencia de depresión y otros síntomas psicológicos (30). Las investigaciones también han demostrado que la suplementación con selenio afecta positivamente al bienestar mental, especialmente en personas con unos niveles bajos de selenio (31).

Además del selenio, otro de los oligoelementos importantes en el metabolismo cerebral es el zinc, necesario para la actividad de los receptores de neurotransmisores (GABA y ácido glutámico). De forma similar al magnesio, el zinc puede bloquear los receptores implicados en el origen de la depresión, lo cual explicaría en parte su acción antidepresiva (32). El zinc favorece igualmente la formación de un importante factor de crecimiento de las células nerviosas (BDNF). Se sabe que los agentes antidepresivos suelen provocar un aumento de BDNF que ayuda a mejorar el estado de ánimo. Asimismo, las bajas concentraciones de zinc detectadas en pacientes con depresión podrían contribuir a una deficiencia inmunológica (33). En los episodios depresivos se suele diagnosticar a menudo un déficit de zinc. Por otro lado, se ha podido comprobar una relación entre la severidad de la depresión y la concentración de zinc en el suero sanguíneo (34).

El hierro es necesario para la síntesis del neurotransmisor dopamina. La carencia de hierro puede ser causa de fatiga, disminución de la actividad cerebral, agotamiento y estados depresivos (35). De igual modo, unas concentraciones bajas de ferritina –una proteína cuya función es el almacenamiento intracelular del hierro– pueden derivar en síntomas de depresión antes incluso de que se diagnostique una anemia (36). A la inversa, unas concentraciones muy elevadas de ferritina también pueden dar lugar a un empeoramiento del estado de ánimo.

Bibliografía

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