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Micronutrientes y enfermedades inflamatorias

abril 1, 2012

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La inflamación tisular crónica de bajo grado es un importante factor de riesgo en el desarrollo de diversas afecciones crónicas como laenfermedad cardiovascular, el cáncer, la diabetes, la osteoporosis, la artritis, la enfermedad de Alzheimer y las enfermedades autoinmunes. Por otra parte, muchas molestias tales como el dolor crónico, problemas de memoria, cambios de humor y fatiga muscular general pueden estar relacionadas de alguna manera con un estado inflamatorio subyacente. Uno de los avances más importantes de los últimos años en la ciencia de la nutrición ha sido el descubrimiento de las propiedades antiinflamatorias de ciertos micronutrientes y su capacidad para prevenir o tratar algunas enfermedades o afecciones.

Aunque las enfermedades inflamatorias y el estado de salud son motivo de especial preocupación en adultos mayores más proclives a sufrir problemas de enfermedades crónicas y discapacidad, existen sólidas pruebas científicas de que la inflamación crónica debería constituir una preocupación en todas las etapas vitales. Cada vez hay mayor evidencia de que las condiciones para las enfermeda-des crónicas se establecen en muchos aspectos en etapas tempranas del desarrollo (“programación metabólica”). La inflamación en mujeres gestantes, por ejemplo, puede tener efectos adversos en el desenlace del embarazo. Asimismo, la obesidad infantil se caracteriza por un importante mecanismo subyacente de la inflamación crónica de bajo grado que podría crear el marco para el desarrollo de efectos más perjudiciales para la salud en etapas posteriores, como un mayor riesgo de padecer enfermedad cardiaca y diabetes tipo 2.



Observaciones generales

Existen numerosos estudios disponibles acerca de las propiedades antiinflamato-rias de los micronutrientes. Además, algunos de estos micronutrientes han sido probados en relación con el tratamiento de afecciones inflamatorias específicas. Gran parte de la literatura científica existente se limita a estudios preclínicos en cultivos celulares o modelos animales. No obstante, se están identificando cada vez más propiedades antiinflamatorias de algunos de estos nutrientes mediante el examen de los patrones dietéticos en estudios epidemiológicos y, en algunos casos, investigando de forma más directa en estudios clínicos.

Por ejemplo, la dieta típica mediterránea –rica en frutas, verduras, legumbres y cereales y en la que predominan los ácidos grasos monoinsaturados frente a los saturados, con una alta proporción de ácidos grasos poliinsaturados omega-3 con respecto a los omega-6 – posee un efecto antiinflamatorio en compara-ción con la dieta occidental estándar (1). Sin embargo, resulta más difícil especificar qué componentes concretos de la dieta mediterránea son los que conducen a estos resultados (2). Por otro lado, es probable que exista una fuerte relación entre la dotación genética de una persona y su respuesta a determinados componentes de la dieta. El campo emergente de la genética nutricional (“nutrigenómica”) y la “nutrición personalizada” intenta desentrañar y comprender la compleja interacción de varias alteraciones genéticas y exposiciones medioambientales individuales, incluyendo la dieta, y los riesgos específicos para la salud. Un ejemplo de ello es el descubrimiento de que el genotipo de la apolipoproteína E4 (apoE4), que es un marcador genético relevante de riesgo de enfermedades cardiovasculares y la enfermedad de Alzheimer, está asociado con un estado más proinflamatorio. Esto podría estar relacionado con el aparente efecto del genotipo apoE4 en el metabolismo y la retención de vitamina E, una importante vitamina antioxidante (3). Asimismo, sería conveniente considerar que los aspectos más beneficiosos de ciertos componentes dietéticos podrían ser evidentes únicamente dentro del contexto de otros constituyentes de la dieta o condiciones. Los estudios clínicos que se lleven a cabo en el futuro deberán analizar meticulosamente cómo intervienen los diferentes micronutrientes en la inflamación, así como los posibles beneficios de distintas modificaciones de la dieta sobre esta afección. La siguiente sección brinda un resumen de algunos ensayos clínicos de intervención que han estudiado las propiedades antiinflamatorias de varios micronutrientes bajo diversas condiciones y en poblaciones sanas y enfermas.



Antioxidantes

Los micronutrientes antioxidantes son esenciales para la protección contra el daño oxidativo. Las investigaciones indican que algunos antioxidantes también pueden tener propiedades antiinflamatorias. Además de neutralizar los radicales libres, se cree que disminuyen la activación de las señales inflamatorias. Por lo tanto, podrían aportar importantes beneficios para la salud a personas con un nivel alto de estrés oxidativo, como aquellas que padecen enfermedades inflamatorias. Gracias a su potente acción antioxidante, la vitamina E tiene un gran potencial como agente antiinflamatorio. En un estudio reciente se analizaron los efectos de la vitamina E (800 UI de alfa-tocoferol al día durante 96 semanas) sobre el hígado graso no alcohólico (una enfermedad hepática inflamatoria común) en adultos. El tratamiento con vitamina E se asoció con una tasa significativamente mayor de mejora de la afección hepática en comparación con el placebo y una reducción de los marcadores de inflamación del hígado (4). En un estudio realizado en hombres con alteración de la glu-cosa en ayunas, los investigadores descubrieron que el tratamiento con 1000 UI de vitamina E y 1000 mg de vitamina C durante cuatro semanas disminuyó los niveles en sangre del factor alfa de necrosis tumoral (TNF-alfa), una importante citoquina que puede activar la respuesta inflamatoria (5). En otro estudio se asignó aleatoriamente a individuos con síndrome metabólico, que está asociado con un mayor riesgo de diabetes y enfermedad cardiovascular, 800 UI al día de alfa-tocoferol, 800 UI de gamma-tocoferol, un tratamiento combinado de vitamina E o placebo durante seis semanas. Los niveles séricos de proteína C reactiva, un marcador de inflamación, y de TNF-alfa descendieron de forma significativa con el tratamiento combinado (6). El TNF-alfa también disminuyó con el tratamiento de alfa-tocoferol solo.

Igualmente se han investigado los efectos de combinaciones de nutrientes antioxidantes sobre la inflama-ción en diferentes grupos de población. Un estudio observacional mostró que la práctica regular de ejercicio puede disminuir las concentraciones en sangre de marcadores inflamatorios (7). Los participantes que tomaron suplementos con betacaroteno, vitamina C y/o vitamina E mostraron una reducción de los niveles de proteína C reactiva similar a la de aquellos que afirmaron practicar mucho ejercicio (180 minutos o más a la semana) y no tomaron suplementos. Como se ha puesto de manifiesto en estudios anteriores, un mayor índice de masa corporal está relacionado con un aumento de los niveles de varios marcadores de inflamación como la proteína C reactiva, la interleucina 6 y el TNF-alfa. Un estudio llevado a cabo en pacientes con antecedentes de adenoma colorrectal esporádico mostró que la combinación de alfa-tocoferol (800 mg), betacaroteno (24 mg), vitamina C (1000 mg), vitamina B2 (7,2 mg), vitamina B3 (80 mg), zinc (60 mg), selenometionina (0,2 mg) y manganeso (5 mg), consumidos diariamente durante cuatro meses, tuvo un efecto beneficioso en los marcadores de inflamación y el estrés oxidativo (8). El asma es otra de las enfermedades inflamatorias en las que la nutrición puede tener un efecto favorable. En un estudio se asignó de forma aleatoria a niños con asma a recibir un placebo o un suplemento de nutrientes que contenía ácidos grasos omega-3, vitamina C y zinc, apreciándose una mejora significativa en las pruebas de función pulmonar y los marcadores inflamatorios (9). Un ensayo clínico de adultos sanos mostró que el consumo de cápsulas de concentrado de zumo de frutas y verduras en polvo durante 60 días influyó positivamente en los marcadores de inflamación (10). Los investigadores hallaron que el consumo de zumo de tomate conteniendo 21 mg de licopeno durante dos semanas dio lugar a una reducción considerable de la proteína C-reactiva (11).

Un estudio de los suplementos de zinc en adultos mayores sanos mostró que una dosis de 45 mg de zinc al día durante seis meses disminuyó la concentración sérica de proteína C-reactiva y de otros varios biomar-cadores inflamatorios (12). En un estudio realizado con niños obesos prepúberes se descubrió que la suplementación con 20 mg de zinc durante ocho semanas se asoció con una disminución importante de los marcadores de resistencia a la insulina, el estrés oxidativo y la inflamación (13).



Vitamina D

La relación entre la vitamina D y las enfermedades y procesos inflamatorios aún no está clara. Se ha demostrado que la vitamina D inhibe la producción de varias moléculas proinflamatorias que modulan la respuesta inmune de los tejidos y restringen la inflamación. (14) Se cree que la protección cardiovascular que ofrece la vitamina D actúa como mediadora en la modulación de moléculas de señaliza-ción del sistema inmune como las citoquinas (15). Los receptores de vitamina D se encuentran en las células que responden a las señales de inflamación (16). La deficiencia tanto de vitamina D como de sus receptores puede dar lugar al desarrollo de ciertas enfermedades autoinmunes (17). En varios cultivos celulares se ha observado que los suplementos de vitamina D3 disminuyen la producción de mediadores inflamatorios (18, 19). Sin embargo, los estudios observacionales han revelado resultados variables para la asociación entre la vitamina D y la inflamación (20-22). Por otra parte, los ensayos controlados aleatorios llevados a cabo con suplementos de vitamina D han obtenido resultados inconsistentes que sugieren, en algunos casos, una disminución y, en otros, no establecen ningún efecto sobre los biomarcadores de inflamación (23-25). Uno de los varios factores que pueden explicar estos resultados contradictorios es la posibilidad de que el efecto beneficioso de los suplementos de vitamina D solo se dé en aquellas personas que tengan unos niveles más bajos de esta vitamina y no en aquellas con unos niveles séricos equilibrados o más elevados. Los expertos han tachado de confuso un estudio observacional (26) que respalda la hipótesis de que, entre los adultos sanos, la asociación favorable de vitamina D y el marcador inflamatorio proteína C reactiva (CRP) únicamente existe con niveles séricos relativamente bajos, pero no con niveles más altos de vitamina D. Dado que el estudio no incluye en el análisis otros factores de riesgo que no sean la CRP, resulta difícil sacar conclusiones.



Ácidos grasos omega-3

El ácido graso poliinsaturado omega-6, ácido araquidónico, suele ser el sustrato dominante para la síntesis de eicosanoides que actúan como mediadores (prostaglandinas, tromboxanos, leucotrienos y metabolitos relacionados), los cuales poseen por sí mimos propiedades antiinflamatorias y regulan además la producción de otros mediadores como las citoquinas inflamatorias (27). El consumo de ácidos grasos poliinsaturados omega-3 de cadena larga reduce la cantidad de ácido araquidónico potencialmente disponible en las membranas celulares para la producción de eicosanoides. Por lo tanto, los ácidos grasos omega-3 disminuyen la producción de eicosanoides derivados del ácido araqui-dónico y sus efectos inflamatorios. Los ácidos grasos omega-3 también limitan la producción de citoquinas inflamatorias factor de necrosis tumoral, interleucina-1 e interleucina-6 y la expresión de las moléculas de adhesión que intervienen en las interacciones inflamatorias entre los leucocitos y las células endoteliales. Estos últimos efectos pueden producirse por mecanismos indepen-dientes de los eicosanoides, entre los que se incluye una alteración de la expresión de los genes inflamatorios. En consecuencia, los efectos antiinflamatorios inducidos por los ácidos grasos omega-3 de cadena larga podrían ser de utilidad terapéutica en enfermedades con un componente inflamatorio agudo o crónico.

Los ácidos grasos omega-3, como el ácido eicosapentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), han demostrado tener un importante efecto antiinflamatorio en estudios preclínicos realizados en cultivos celulares, en estudios con animales y en estudios observacionales en poblaciones humanas (28). Sin embargo, aún no existen suficientes investigaciones que confirmen los efectos beneficiosos directos de la suplementación con ácidos grasos omega-3 en enfermedades inflamatorias como el asma (29), la colitis ulcerosa (30), la enfermedad de Crohn (31), la artritis reumatoide (32) y el dolor en las articulaciones (33). Un estudio reciente llevado a cabo en adolescentes con obesidad ha aportado pruebas de que los suplemen-tos de ácidos grasos omega-3 (1,2 g al día durante tres meses) están asociados con una reducción de los biomarcadores séricos de inflamación (34). La acción antiinflamatoria de los ácidos grasos omega-3 es motivo de controversia dada la complejidad de los trastornos inflamatorios. Por consiguiente, resulta difícil establecer medidas de prevención y tratamiento debido a las amplias interacciones entre el medio ambiente y los factores genéticos.

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